He visto a José junto al sacerdote de
los dioses, Putifar, en Heliópolis. Hallábase allí Asenet, hija de Dina y del Siquenúta,
como una profetisa y adornadora de los ídolos, que vivía en compañía de otras siete
jóvenes. Putifar había comprado a esta niña en su quinto año de edad de manos de
su ama, que huyendo de la casa de Jacob la había ocultado en un lugar del Mar
Muerto para librarla de las asechanzas de los hijos de Jacob. Poseía el don de la
profecía y servía a Putifar como profetisa. José la conocía, pero ignoraba que
fuese su sobrina. Asenet era una joven que vivía retirada, muy seria, y buscaba
la verdad, y aunque de mucha belleza, huía de la compañía de los hombres. Tenía
profundas visiones, conocía la astrología egipcia y sentía secreta simpatía por
la religión de los patriarcas. No he visto en ella nada de brujería o artes mágicas.
Vio en sus visiones todo el misterio
de la vida, de la descendencia, del futuro de los hijos de Israel y su salida de
Egipto, como también el camino por el desierto. Escribía sobre hojas de una planta
acuática y también sobre cuero con extraños caracteres que parecían cabecitas de
animales y de pájaros. Estos escritos fueron ya en vida de la misma Asenet mal
interpretados por los egipcios, que hallaban en ellos materia para sus ritos idolátricos.
Asenet se afligía mucho por este abuso diabólico que hacían de sus escritos y lloraba
mucho por la ceguera de los egipcios. Ella tuvo más visiones que cualquier otro
de su tiempo y estaba llena de maravillosa sabiduría. Obraba, sin embargo, en gran
silencio, sin ostentación y a todos daba saludables consejos. Sabía tejer y bordar;
estaba llena de ciencia, y conoció cómo se perdía la verdad por la perversidad de
los hombres. Por esto tenía siempre una nube de tristeza y se mantenía retirada
y silenciosa. He visto que Senté fue oración de que se la venerase como diosa
con e l nombre de Isis, por la torcida interpretación de sus escritos y rollos.
José fue luego venerado bajo el nombre de Osiris. Creo que por esto la veía tan
llorosa y afligida. Escribió libros contra esta mala interpretación, protestando
que se la hiciera madre de las diosas. Cuando Putifar ofreció sacrificios, Asenet
subía a una torre donde se había formado un jardín y desde allí miraba las estrellas
al resplandor de la luna. Estando así en éxtasis veía en las estrellas las
cosas con mucha claridad: veía la verdad en estas figuras, porque era una criatura
elegida de Dios. En cambio, otros sacerdotes de los ídolos veían las cosas más abominables,
porque eran transportados a extrañas y diabólicas regiones. Así se transformaron
y empeñaron las secretas visiones de Asenet y pasaron a servir a los crueles ritos
de los sacerdotes egipcios.
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