He
visto a Adán y a Eva errando de un lado a otro, llenos de tristeza y
desconsuelo. Sus rostros estaban oscuros, y caminaban separados, como quienes buscaran
algo perdido. Se avergonzaba el uno del otro. A cada paso que daban descendían
más abajo; parecía que se escurría el suelo bajo sus pies. Donde ponían el pie
se agostaban las plantas y perdían su resplandor, se tornaban grises; y los
animales huían de ellos espantados. Buscaron y tomaron unas grandes hojas y se
hicieron fajas alrededor de las caderas, y seguían caminando distanciados uno
de otro. Cuando hubieron andado largo tiempo en esta forma, se había alejado ya
el lugar de donde habían salido, y parecía una distante elevación o montaña.
Adán y Eva buscaron un refugio, por separado, entre las matas de un oscuro
valle.
Entonces
los llamó una voz que venía de lo alto. Ellos, empero, no comparecieron. Se
asustaron más, huyeron más lejos y se escondieron en la espesura. Esto me
causaba mucha pena. La voz se hizo más severa. Ellos se hubieran escondido aún
más; pero se vieron obligados a mostrarse. Un rostro severo y esplendoroso
apareció. Ellos se presentaron con la cabeza inclinada y no se atrevían a mirar
el rostro de Dios. Se miraban uno a otro y se culpaban mutuamente de su
desobediencia. Entonces Dios les señaló un lugar aún más abajo, donde había
arbustos y árboles, y recién aquí se hicieron más humildes y reconocieron de
lleno toda su miseria y su pecado. Cuando estuvieron solos los vi rezando. Se
separaron y se echaron de rodillas en el suelo, levantaron las manos al cielo,
clamaron y lloraron. Al ver esto pensé cuánto ayuda y cuán saludable es
apartarse en la soledad para entregarse a la oración. Tenían ahora una
vestidura que les cubría el cuerpo desde los hombros hasta las rodillas. En
torno del cuerpo tenían una faja de cortezas.
Mientras
ellos huían, parecíame que el Paraíso terrenal, detrás de ellos, se alejaba y
subía a lo alto, como una nube. En esto vino del cielo como un anillo de fuego,
tal como un halo en torno del sol o de la luna, y se posó en lo alto donde
había estado el Paraíso. Habían estado solo un día en el Paraíso. Aún ahora veo
el Paraíso terrenal, a lo lejos, como un banco debajo del sol cuando éste se
levanta. El sol, al parecer, se levanta a la derecha, al extremo de este banco.
Está situado al oriente del Monte de los Profetas, allí donde el sol se levanta
y se me aparece siempre como un huevo flotando entre unas aguas admirablemente
claras y limpias, que lo separan de la tierra. El Monte de los Profetas parece
una montaña colocada delante del Paraíso. En el Monte de los Profetas se ven
lugares verdes, y entre ellos profundos barrancos llenos de agua. He visto
entes subir al Monte de los Profetas, pero no llegaron muy alto.
Después
vi a Adán y a Eva llegar a la tierra de penitencia. Era un cuadro conmovedor
ver a nuestros primeros padres penitentes, echados en el desnudo suelo. Adán
pudo sacar un ramo de olivo del Paraíso, que plantó ahí mismo. Más tarde se
sacó leña de este árbol para la cruz del Salvador. Nuestros padres estaban
sumamente tristes. Desde el sitio donde yo los veía ellos apenas podían divisar
el Paraíso. Ellos se habían ido alejando siempre, avanzando hacia abajo, y
parecía también que algo se invertía; y así llegaron de noche, en la oscuridad,
hasta el lugar donde debían hacer penitencia.
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