Para
estos primeros servidores de los ídolos era el agua cosa muy sagrada. En todos
sus cultos y ceremonias intervenía el agua; el principio de sus visiones diabólicas
se obraba observando dentro del agua. Tenían depósitos particulares de agua
sagrada. Más tarde, ese estado de alucinación se volvía permanente, y tenían
visiones aún sin el agua. En cierta ocasión pude observar cómo veían sus malas
visiones. Era cosa sumamente curiosa. He visto debajo de las aguas, como si
estuviese allí el mundo exterior con todas las cosas, tal como están a la
vista; sólo noté que estaba todo como velado y en una esfera de malicia. Así
veía un árbol bajo el árbol que estaba arriba; una montaña correspondiente a la
de arriba; el mar bajo el mar. De este modo estas mujeres, con la influencia
del demonio, veían todas las cosas de la tierra: las guerras, los pueblos, los
peligros. Pero no se contentaban con ver las cosas, como sería ahora, sino que
de inmediato obraban según las visiones que habían tenido. Veían un pueblo y
pensaban: "Podemos dominar a estas gentes y sujetarlas a nosotros; es
posible asaltar aquella ciudad; más allá es conveniente fundar una fortaleza o
una población". Veían hombres o mujeres de superior categoría y mejor raza
y estudiaban el modo de seducirlos y corromperlos. En una palabra, todas las
obras malas que ejercían las tenían previstas por estas visiones diabólicas.
Así
Derketo vio de antemano que debía echarse al agua, que se cambiaría en pez y
que sería adorada; y lo hizo como lo había visto con anticipación. Aún sus
mismas orgías y desórdenes los veía de antemano; luego los ejecutaba según le
eran mostrados. La hija de Derketo vivió en un tiempo en que se construían
grandes diques y largos caminos. Hacía correrías lejanas hasta el Egipto y toda
su vida fue una constante cacería y asaltos. Una banda de los suyos fue la que
robó y asaltó, en Arabia, al paciente Job.
Las
artes diabólicas de magia y de visiones tomaron gran incremento en Egipto. Los
que las ejercían estaban tan metidos en ello que se veían a las brujas en
curiosos asientos, delante de toda clase de espejos, en las cámaras de los
templos, y centenares de hombres grababan en las piedras de las paredes
subterráneas estas imágenes y visiones que les interpretaban los sacerdotes
idólatras. Me extraña a veces ver estas malas artes y obras de las tinieblas
ejecutarse con cierta uniformidad en diversos lugares, por muy diversas
personas, aunque todas influidas por el mismo motivo. Sólo se diferencian en
las diversas costumbres y malas tendencias de los pueblos. Algunos pueblos no
estaban tan sumidos en la corrupción, sino que algo más cercanos a la verdad.
Tales eran las familias de Abraham, las tribus de las cuales descendían los
Reyes Magos, como asimismo los que observaban los astros en la Caldea y los
secuaces de Zoroastro en la Persia.
Cuando
Jesús vino a la tierra, y ésta se vio bañada con su sangre preciosa, disminuyó
muchísimo la fuerza diabólica y sus manifestaciones se volvieron más débiles.
Moisés fue desde su niñez un vidente; pero lo fue según Dios, y se guiaba por
las cosas que veía, porque venían de parte de Dios.
Derketo,
su hija y su nieta Semíramis llegaron a edad muy avanzada según aquellos
tiempos. Fueron de recia contextura, grandes, fuertes y de una estatura que hoy
casi nos infundiría espanto. Fueron extraordinariamente osadas, temerarias,
atrevidas sobremanera, y procedían siempre con gran seguridad, ya que por obra
del mal espíritu veían de antemano los acontecimientos. Se sentían seguras;
obraban como si fuesen seres superiores, y por tales los tenían sus semejantes.
Eran una semejanza perfecta de aquellos seres más diabólicos que desaparecieron
de su alta montaña en el diluvio universal. Es muy conmovedor ver como los
antiguos hombres justos y los patriarcas se mantuvieron en la verdad. En medio
de toda esta corrupción de costumbres; Dios los ayudaba con verdaderas
revelaciones, aunque tuvieron mucho que sufrir y que luchar. Así llegó, por
caminos difíciles y escondidos, la salud a los hombres, en el transcurso de los
siglos, a pesar de que a aquellos servidores del demonio todo les salía según
sus deseos y depravadas inclinaciones.
Yo
estaba muy triste cuando veía la enorme extensión del culto de los falsos
dioses y diosas, y la gran veneración que había ganado en el mundo, y veía, por
otra parte, la pequeña porción de los devotos de María, entonces figurada en
aquella nube del profeta Elías. Estas visiones las tuve en ocasión que Jesús
disputaba con los soberbios filósofos de Chipre, que trataban de exaltar sus
falsas doctrinas. Contrastaba con la soberbia de ellos la humildad de Jesús, el
cumplimiento de todas las esperanzas del mundo, que estaba ante ellos
enseñándoles pacientemente, próximo ya a la muerte de cruz por los hombres. No
era esto más que la historia de la verdad y de la luz que quiere penetrar en
las tinieblas. Lo más triste es que las tinieblas no quieren recibir esa luz,
lo cual pasa hasta en nuestros días.
Pero
la misericordia de Dios es infinita. Yo he visto que en el diluvio universal
muchos hombres se convirtieron en los momentos de espanto y de terror, al verse
perdidos, y que pasaron en el Purgatorio. Muchos de ellos fueron sacados por
Jesús en su descenso a las zonas inferiores. He visto también que muchos
árboles fueron desarraigados durante el diluvio y perecieron; pero también hubo
los que quedaron con sus raíces hincadas en el suelo, que volvieron a florecer.
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