domingo, 11 de enero de 2015

XXIII Carácter de las visiones diabólicas.



Para estos primeros servidores de los ídolos era el agua cosa muy sagrada. En todos sus cultos y ceremonias intervenía el agua; el principio de sus visiones diabólicas se obraba observando dentro del agua. Tenían depósitos particulares de agua sagrada. Más tarde, ese estado de alucinación se volvía permanente, y tenían visiones aún sin el agua. En cierta ocasión pude observar cómo veían sus malas visiones. Era cosa sumamente curiosa. He visto debajo de las aguas, como si estuviese allí el mundo exterior con todas las cosas, tal como están a la vista; sólo noté que estaba todo como velado y en una esfera de malicia. Así veía un árbol bajo el árbol que estaba arriba; una montaña correspondiente a la de arriba; el mar bajo el mar. De este modo estas mujeres, con la influencia del demonio, veían todas las cosas de la tierra: las guerras, los pueblos, los peligros. Pero no se contentaban con ver las cosas, como sería ahora, sino que de inmediato obraban según las visiones que habían tenido. Veían un pueblo y pensaban: "Podemos dominar a estas gentes y sujetarlas a nosotros; es posible asaltar aquella ciudad; más allá es conveniente fundar una fortaleza o una población". Veían hombres o mujeres de superior categoría y mejor raza y estudiaban el modo de seducirlos y corromperlos. En una palabra, todas las obras malas que ejercían las tenían previstas por estas visiones diabólicas.

Así Derketo vio de antemano que debía echarse al agua, que se cambiaría en pez y que sería adorada; y lo hizo como lo había visto con anticipación. Aún sus mismas orgías y desórdenes los veía de antemano; luego los ejecutaba según le eran mostrados. La hija de Derketo vivió en un tiempo en que se construían grandes diques y largos caminos. Hacía correrías lejanas hasta el Egipto y toda su vida fue una constante cacería y asaltos. Una banda de los suyos fue la que robó y asaltó, en Arabia, al paciente Job.

Las artes diabólicas de magia y de visiones tomaron gran incremento en Egipto. Los que las ejercían estaban tan metidos en ello que se veían a las brujas en curiosos asientos, delante de toda clase de espejos, en las cámaras de los templos, y centenares de hombres grababan en las piedras de las paredes subterráneas estas imágenes y visiones que les interpretaban los sacerdotes idólatras. Me extraña a veces ver estas malas artes y obras de las tinieblas ejecutarse con cierta uniformidad en diversos lugares, por muy diversas personas, aunque todas influidas por el mismo motivo. Sólo se diferencian en las diversas costumbres y malas tendencias de los pueblos. Algunos pueblos no estaban tan sumidos en la corrupción, sino que algo más cercanos a la verdad. Tales eran las familias de Abraham, las tribus de las cuales descendían los Reyes Magos, como asimismo los que observaban los astros en la Caldea y los secuaces de Zoroastro en la Persia.

Cuando Jesús vino a la tierra, y ésta se vio bañada con su sangre preciosa, disminuyó muchísimo la fuerza diabólica y sus manifestaciones se volvieron más débiles. Moisés fue desde su niñez un vidente; pero lo fue según Dios, y se guiaba por las cosas que veía, porque venían de parte de Dios.

Derketo, su hija y su nieta Semíramis llegaron a edad muy avanzada según aquellos tiempos. Fueron de recia contextura, grandes, fuertes y de una estatura que hoy casi nos infundiría espanto. Fueron extraordinariamente osadas, temerarias, atrevidas sobremanera, y procedían siempre con gran seguridad, ya que por obra del mal espíritu veían de antemano los acontecimientos. Se sentían seguras; obraban como si fuesen seres superiores, y por tales los tenían sus semejantes. Eran una semejanza perfecta de aquellos seres más diabólicos que desaparecieron de su alta montaña en el diluvio universal. Es muy conmovedor ver como los antiguos hombres justos y los patriarcas se mantuvieron en la verdad. En medio de toda esta corrupción de costumbres; Dios los ayudaba con verdaderas revelaciones, aunque tuvieron mucho que sufrir y que luchar. Así llegó, por caminos difíciles y escondidos, la salud a los hombres, en el transcurso de los siglos, a pesar de que a aquellos servidores del demonio todo les salía según sus deseos y depravadas inclinaciones.

Yo estaba muy triste cuando veía la enorme extensión del culto de los falsos dioses y diosas, y la gran veneración que había ganado en el mundo, y veía, por otra parte, la pequeña porción de los devotos de María, entonces figurada en aquella nube del profeta Elías. Estas visiones las tuve en ocasión que Jesús disputaba con los soberbios filósofos de Chipre, que trataban de exaltar sus falsas doctrinas. Contrastaba con la soberbia de ellos la humildad de Jesús, el cumplimiento de todas las esperanzas del mundo, que estaba ante ellos enseñándoles pacientemente, próximo ya a la muerte de cruz por los hombres. No era esto más que la historia de la verdad y de la luz que quiere penetrar en las tinieblas. Lo más triste es que las tinieblas no quieren recibir esa luz, lo cual pasa hasta en nuestros días.

Pero la misericordia de Dios es infinita. Yo he visto que en el diluvio universal muchos hombres se convirtieron en los momentos de espanto y de terror, al verse perdidos, y que pasaron en el Purgatorio. Muchos de ellos fueron sacados por Jesús en su descenso a las zonas inferiores. He visto también que muchos árboles fueron desarraigados durante el diluvio y perecieron; pero también hubo los que quedaron con sus raíces hincadas en el suelo, que volvieron a florecer.

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