Cuando
Tubal, hijo de Jafet, con sus hijos y los hijos de su hermano Mosoc, se hizo
indicar por Noé las tierras que habían de habitar, eran ya quince familias. Los
hijos de Noé se iban alejando del patriarca a tierras más o menos lejanas; pero
en torno de él. Las familias de Tubal y de Mosoc se alejaron de Noé para ocupar
comarcas más alejadas de ese centro común. Cuando finalmente los hijos de Noé
se multiplicaron y empezaron a desunirse, quiso Tubal alejarse aún más, para no
tener que comunicarse con los hijos de Cam, que habían concebido ya la idea de
la construcción de la torre de Babel. Tubal y sus hijos no concurrieron a la
edificación de la torre cuando más tarde se les llamó para ello, como también
los hijos de Sem se negaron a cooperar. Tubal se llegó con los suyos a la
tienda de Noé para que les señalase las tierras que habían de ocupar. Noé vivía
entonces en una montaña entre el Líbano y el Cáucaso. Noé lloró, porque amaba a
esta descendencia que se había conservado más piadosa que las otras. Les indicó
una región hacia el Noreste y les recordó los mandamientos de Dios, y el
ofrecimiento de sacrificios, y se hizo prometer que conservarían la pureza de
su raza, no mezclándose con los hijos de Cam. Les dio vestidos y cinturones que
había conservado en el arca, para que los usasen los jefes de familia en el
culto de Dios y en los casamientos, para ser preservados del mal y de la impura
descendencia. El culto que Noé ofrecía a Dios me recuerda a las ceremonias de
la Misa. Consistía en oraciones y respuestas. Noé se movía de un lado a otro
del altar y se inclinaba a veces profundamente. Noé les dio una cartera de
cuero con un recipiente de corteza, dentro del cual había una caja de oro en
forma de huevo, que contenía, a su vez, tres pequeños vasos. Recibieron también
tubérculos de la planta mucilaginosa llamada Hom. Les dio rollos de corteza y
de pieles con escritos, donde he visto letras y señales, como así mismo bastoncitos
de madera que llevaban grabados signos y letras.
Los
hombres de ese tiempo eran de hermoso aspecto, de un color amarillorojizo
brillante. Vestían pieles, lanas y cinturones; sólo los brazos llevaban
cubiertos. He visto cómo se acomodaban esas pieles. Apenas habían sacado la
piel del animal, se la acomodaban al cuerpo para que se ajustase perfectamente
a sus miembros. Al principio me parecían esos hombres muy extraños, al verlos
tan peludos, pues llevaban estas pieles tan ajustadas que parecían a primera
vista algo natural de ellos mismos. Estos hombres que emigraron no llevaban
muchas cosas consigo fuera de las semillas y pocos enseres. Emigraron hacia una
región del noreste. No he visto entre ellos camellos, pero sí caballos, asnos y
animales con astas muy abiertas parecidos a los ciervos. A estos emigrados los
he visto luego en una región montañosa, viviendo en grandes tiendas adosadas a
las laderas de la montaña como el follaje a los árboles. Los he visto cavar,
plantar árboles en grandes hileras. La otra parte de la montaña era más fría, y
después toda esta región se hizo más fría, de modo que uno de los nietos de
Tubal, un tal Dsemschid, emigró con todo este pueblo al suroeste. Todos los que
habían conocido a Noé y se habían despedido de él, habían muerto ya, menos unos
pocos. Los que emigraron con Dsemschid, nacidos en ese lugar, tomaron a los
ancianos que habían quedado, y con mucho cariño se los llevaron consigo
colocados en canastos, para evitarles el cansancio.
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