Los egipcios adoraban
toda clase de animales: sapos, serpientes, cocodrilos y muchos más. No se inmutaban
si veían que un cocodrilo devoraba a un hombre. Cuando llegó José a Egipto, no estaba todavía
en uso la adoración del toro. Este culto vino a raíz del sueño de Faraón de las
siete vacas gordas y siete flacas del Nilo. Tenían muchas formas de ídolos: uno como niños
en pañales, otros enrollados como serpientes y otros que se podían angostar o ensanchar a
voluntad. Algunos ídolos tenían figuras en el pecho, como escudos, en los cuales
estaban representados, a veces, planos, ciudades o el curso del Nilo de modo maravilloso.
Estos escudos se hacían en conformidad con los sueños y visiones que tenían los
sacerdotes en sus torres, según los cuales hacían los canales y fabricaban las ciudades.
En esta forma edificaron a Menfis.
Los malos espíritus debían
tener en aquel entonces una mayor influencia corporal sobre los hombres. Veo salir
de la tierra y de las profundidades todas las influencias de las artes mágicas
de los egipcios. Cuando un sacerdote comenzaba a ejercer sus artes de magia, yo
veía salir de la tierra toda clase de asquerosos animales, y entrar en su boca en
forma de un vapor negro. Por esto se encontraba luego como borracho, fuera de sí
y viendo visiones. Era como si con cada vapor que le entraba se le abría un mundo
desconocido ante su vista, y veía entonces lo cercano y lo lejano, la profundidad
de la tierra, las comarcas apartadas y los hombres de ellas, cosas escondidas y
ocultas; es decir todas aquellas que tenían relación con los malos espíritus.
La magia posterior me
pareció que estaba mayormente bajo la influencia de los espíritus del aire. Todo
lo que estos magos veían por medio de estos espíritus, me pareció que eran como
trucos, ilusiones e imágenes ficticias, que los demonios formaban ante su vista.
Yo misma me puse a mirar estas imágenes: era como ver a través de una sombra o
de algo transparente. Cuando estos sacerdotes querían mirar en las estrellas lo
futuro, hacían preceder algunos actos de ayuno y purificaciones: se cubrían con
sacos y se derramaban ceniza, y mientras observaban las estrellas, se ofrecían sacrificios.
Observaban desde sus torres
y pirámides. Los paganos de aquellos tiempos tenían un conocimiento confuso y
corrupto de los misterios de la religión del verdadero culto de Dios, que por medio
de Set, Enoc, Noé y los Patriarcas habían pasado al pueblo hebreo. Por esto se
explica que había tanta crueldad y perversión en el culto de los ídolos, porque
el demonio enturbiaba y corrompía el verdadero culto y las verdades reveladas por
Dios, como más tarde sucedió con la magia y artes de diabólica brujería. Por esta
causa mandó Dios que el secreto del Arca de la Alianza fuera rodeado por fuego,
para su conservación. Las mujeres del tiempo de los Faraones vestían aún como en
tiempo de Semíramis.
Cuando Jacob fue adonde
estaba José en Egipto pasó por el mismo camino que recorrió más tarde Moisés llevando
a los israelitas a la tierra prometida. El tenía la previsión de que volvería a
ver a José: llevaba esto en el corazón, aunque en forma vaga. Cuando peregrinaba
a Mesopotamia tuvo ya una visión del porvenir de sus hijos; no en el lugar de la
visión de la escala, sino donde erigió la piedra. Vio que uno de ellos, en el lugar
donde fue vendido José más tarde, se hundía, y luego se levantaba una estrella
en el Sur. Por esta causa, cuando le trajeron la túnica teñida en sangre, recordó
la visión anterior, que ya había olvidado, y dijo: “He de llorar a José hasta que
lo vuelva a ver”. Jacob hizo averiguar, por medio de Rubén, qué mujer tenía José, sin decirle, empero,
que era una sobrina. Se hizo amigo de Putifar y éste, después de mucha amistad con
Jacob, se circuncidó y abrazó el culto del verdadero Dios y la religión de los hebreos.
Jacob vivía a la distancia de un día de camino de José. Cuando enfermó, José fue
a verlo. Jacob le preguntó varias cosas acerca de Asenet, y cuando supo lo de la
señal del pecho, dijo a José: 'Esta es carne de tus carnes, esta es hueso de sus
huesos", revelándole así quién era Asenet. José se sintió tan conmovido, que
desmayó por la impresión. Cuando llegó a casa se lo dijo a su mujer y ambos lloraban
de corazón por todo lo que entonces supieron.
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