Dsemschid
llegó a ser, por su sabiduría, el conductor de su tribu, que aumentó muy pronto
y llegó a ser un pueblo respetable, que llevó cada vez más hacia el Sur.
Dsemschid había sido bien instruido y formado en las enseñanzas de Hom. Era
indescriptiblemente vivaracho, pronto en sus movimientos, más activo y mejor
que Hom, que aparecía siempre pensativo y concentrado. Dsemschid tradujo a la
práctica la religión de Hom; añadió algo más a esas enseñanzas y observaba
mucho los astros. El pueblo que le seguía tenía ya el culto sagrado del fuego y
se distinguía de los demás por señales propias de su raza. La gente de entonces
solía mantenerse, más que ahora, separada por razas y tribus, y no se mezclaba
tan fácilmente como hoy. Dsemschid se ocupaba mucho de mantener la pureza de su
raza y el mejoramiento de sus tribus; separaba, trasladaba y colocaba a unos y
otros como mejor le parecía. Los hombres vivían con gran libertad, aunque
estaban naturalmente sujetos a sus guías.
Las
razas salvajes que he visto y que veo todavía en muchos lugares, nada tienen
que ver con estas razas de hombres de belleza natural y noble, aunque sencilla,
y veo que los salvajes de esos lugares e islas nada tienen de la audacia,
intrepidez y fuerza de los hombres primitivos. Dsemschid edificó, sobre los
terrenos que asignó a sus tribus, poblaciones de tiendas de campaña, diseñó
campos para cultivos, abrió caminos, bordeándolos con piedras, y repartió gente
de un lado y de otro dotándola de animales, árboles frutales, diversas plantas
y cereales. Cabalgaba sobre una extensión de tierra y golpeaba con un
instrumento que siempre llevaba en las manos; en seguida venían sus gentes, y
cavaban, cortaban árboles, cercaban y hacían pozos. Era en extremo severo y
justo con sus subordinados. Lo he visto como un anciano alto de estatura,
delgado, de color amarillo rojizo, cabalgando sobre un animal muy ágil y veloz,
de color amarillo y negro, semejante a un asno, pero de piernas más finas. Lo
he visto sobre este animal alrededor de un trozo de campo, como hace entre
nosotros la gente pobre, que rodea una maleza que ha de cultivar para sí. En
ciertos puntos se detenía y golpeaba con un instrumento su punta, o plantaba
una estaca en el suelo: allí se detenían sus hombres y colonizaban. Este
instrumento, que más tarde se llamó "La dorada reja del arado de
Dsemschid" tenía la forma de una cruz latina, de un codo de largo, con una
cuchilla que sacada de su vaina formaba con el asta un ángulo recto. Con este
instrumento hacía un hoyo en la tierra. La figura de este instrumento la traía
dibujada en su vestido, en el lugar de los bolsillos. Me recordó a la señal que
llevaban siempre José y Asenté, en el Egipto, y con el cual José medía y
distribuía las tierras; sólo que éste adoptaba mejor la forma de cruz y tenía
arriba un anillo en donde podía ser encerrado. Dsemschid llevaba un manto que caía
en pliegues de delante hacia atrás. Desde la cintura hasta las rodillas
colgaban dos retazos de cuero, dos por delante y dos por detrás, que a los
lados estaban sujetos debajo de las rodillas. Tenía los pies envueltos con
cueros y correas. En el pecho llevaba un escudo de oro. Tenía varios de estos
escudos, que cambiaba según las festividades y diversas ocasiones de ritos.
Llevaba una corona de oro con puntas, que remataba por delante en un cuerno
sobresaliente donde flameaba una especie de banderín.
Dsemschid
hablaba mucho de Henoc: sabía que no había muerto, sino que había sido
arrebatado de este mundo. Enseñaba que Henoc había trasmitido a Noé toda buena
enseñanza de verdad: lo llamaba padre y heredero de todo lo bueno. Pero añadía
que de Noé había llegado a él (Dsemschid) toda esa herencia de verdad y de
bien.
Tenía
también, según he visto, un recipiente de oro en forma ovoidal que llevaba
colgado del cuello, en el cual, afirmaba, estaba encerrado algo misterioso y
bueno, que Noé había tenido guardado en el arca, y que había recibido en
herencia. He visto que donde él, en sus correrías, se detenía para fundar una
población, levantaba una columna y sobre ella colocaba, en sitio de oro, ese
recipiente de oro. La columna tenía figuras entalladas: era hermosa
construcción y encima levantaba un templete como si fuese un santuario. El
recipiente tenía por tapa una especie de corona con abertura y cuando Dsemschid
hacía fuego, sacaba algo del recipiente y lo echaba sobre el fuego. En efecto,
he visto que el recipiente había estado en el arca y que Noé había guardado en
él el fuego. Por esto se convirtió en una especie de santuario y de objeto
sagrado para Dsemschid y su gente.
Cuando
era expuesto al público, ardía siempre el fuego delante del cual prestaban
adoración y sacrificaban animales. Dsemschid les enseñaba que el gran Dios
habita en la luz y en el fuego, y que ese Dios tiene muchos otros espíritus y
semidioses que le sirven. Todos los pueblos se sometían a su dominio; él
establecía hombres y mujeres en uno y otro lugar, dándoles animales de
labranza, haciéndoles cultivar y sembrar la tierra. Esta gente no podía
disponer de sí, sino que Dsemschid los manejaba como rebaños, y daba las
mujeres a los hombres según su voluntad. Practicaba la poligamia, tenía varias
mujeres y en especial una muy hermosa, de mejor procedencia, de la cual tuvo un
hijo que fue su sucesor y su heredero. Edificaba grandes torres redondas, a las
cuales se subía por escalones y desde donde exploraba y miraba las estrellas.
Las mujeres, que vivían separadas y muy sujetas, llevaban vestidos cortos, y
sobre el pecho y parte superior del cuerpo, un trenzado de cuero; detrás
colgaba algún adorno y en torno del cuello y sobre los hombros, hasta las
rodillas, descendía un paño ancho en la parte inferior, de forma redondeada.
Esta vestimenta estaba adornada, en el pecho y en los hombros, con señales o
letras. He visto que en todas las comarcas donde Dsemschid fundaba poblaciones,
hacía construir caminos que iban en línea recta hacia el lugar donde se
fabricaba la torre de Babel.
Donde
este conductor de pueblos se establecía, aún no había habitantes. No tenía, por
consiguiente, que echar ni desalojar a nadie; todo procedía pacíficamente; sólo
se veía allí poblar y edificar. La raza de gente de Dsemschid era de color
amarillo-rojizo, como ocre brillante; era realmente una hermosa raza de
hombres. Todas las diversas razas eran contramarcadas, para reconocerlas y
preservar las más nobles de las mezclas. Los he visto trasponer con su gente
una alta montaña nevada. No sé cómo alcanzó a pasar al otro lado; pero lo hizo
con todo éxito, aunque con pérdida de mucha de su gente. Tenía caballos o asnos
y él mismo cabalgaba con un animal pequeño, veteado, muy veloz. Un cambio
brusco de la naturaleza los había hecho alejar de su primera morada; se había
vuelto la región muy fría. Ahora veo que es de nuevo más benigna. En su camino
encontraba tribus en el mayor abandono; gentes que habían huido de la tiranía
de sus jefes; otras que esperaban a algún conductor. Estas razas dispersas se
unieron gustosas a su gente y a su mando, pues su carácter era bondadoso, y
distribuía trigo y bendiciones por donde pasaba. He visto tribus que habían
tenido que huir, porque habían sido saqueadas y robadas sus tierras, como le
sucedió al paciente Job. Algunos no conocían el fuego y cocían su pan a los
rayos del sol o sobre piedras recalentadas al sol. Cuando Dsemschid les hizo
conocer el fuego, apareció ante ellos como un dios. Encontró en su camino una
tribu que sacrificaba a los hijos defectuosos o que les parecían
insuficientemente hermosos; los enterraban hasta la mitad del cuerpo y hacían
fuego en torno de ellos. Dsemschid desterró esta bárbara costumbre; libró a
estas criaturas y encargó a ciertas matronas que cuidasen y educasen a esos
niños. Cuando eran grandes, los repartía entre las tribus, como peones y
siervos. Siempre ponía máximo cuidado en preservar la pureza de su raza.
Dsemschid
habitaba con su gente en un principio al Sudoeste, de modo que tenía el Monte
de los Profetas a su izquierda, hacia el sur. Más tarde se trasladó hacia el
Sur, teniendo entonces el Monte a su izquierda, en el Oriente. Creo que después
pasó al otro lado del Cáucaso.
Entonces,
cuando en esos lugares todo bullía de gente y todo era movimiento, en nuestras
tierras (Alemania) todo era sólo bosques, pantanos y tierras desiertas. Hacia
el oriente, aquí y allá, había algunas tribus dispersas.
El
famoso Zoroastro (estrella brillante), que floreció mucho más tarde, fue un
descendiente del hijo de Dsemschid y renovó la enseñanza de aquel conductor de
pueblos. Dsemschid escribía sobre tablas de piedra y de cortezas toda clase de
leyes, de preceptos y enseñanzas. Su alfabeto era de tal modo que a veces una
sola letra o signo significaba una frase entera. Este lenguaje era todavía de
la primera lengua y veo que tiene relación o semejanza, a veces, con nuestro
idioma.
Dsemschid
vivió hasta los tiempos de Derketo y de su hija, que fue la madre de la famosa Semíramis.
Dsemschid no alcanzó hasta los tiempos de Babel, pero sus correrías se
dirigieron en esa dirección.
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