En
medio de aquel luciente jardín he visto aguas y dentro de ellas una isla, o
mejor península, porque de un lado estaba unida por un dique. Esta isla, como
el brazo de tierra que la unía con el jardín, estaba llena de hermosos árboles.
En medio de la isla había un árbol tan bello que a todos vencía en hermosura y
al mismo tiempo los cubría y protegía. Sus raíces formaban el conjunto de la
isla. Este árbol cubría toda la isla y desde su anchura tan pronunciada se iba
angostando hasta terminar en una graciosa punta. Sus ramajes se extendían en
posición recta y de ellos nacían otras ramas como pequeños arbolitos, hacia
arriba. Las horas eran delicadas y los frutos amarillos colgaban de una vaina y
se abrían como una rosa con sus pétalos. Parecíase mucho al cedro. No recuerdo
haber visto nunca a Adán o a Eva, ni a ningún animal andar por la isla ni en
torno del árbol. Sólo oía cantar unas aves muy hermosas, nobles y blancas en lo
alto de sus ramas. Este árbol era el árbol de la vida.
Precisamente
delante del dique o lengua de tierra, que llevaba a la isla, estaba el árbol de
la ciencia del bien y del mal. El tronco era escamado, como el de las palmeras;
las hojas nacían inmediatamente del tronco; eran muy grandes y anchas, como
suelas de zapatos. Delante y escondidas entre las hojas había frutas, que
colgaban en racimos de a cinco, de las cuales una salía un tanto más que las
otras cuatro que estaban en su pezón. Esta fruta amarilla no era tan parecida a
la manzana, sino más bien a la pera o al higo: tenía cinco nervios o pequeñas
ramificaciones. El interior de la fruta era blando, como el de un higo, de
color del azúcar quemado, atravesado por nervaduras de color de sangre. El
árbol era más ancho arriba que abajo y las ramas se internaban profundamente en
la tierra.
Aún
ahora veo esta especie de árbol en los países de clima caluroso. Echa renuevos
de sus ramas en el suelo y las raíces se entierran y salen nuevos troncos, los
cuales a su vez vuelven a echar raíces, de modo que estos árboles semejantes a
menudo cubren gran extensión de tierra y bajo su sombra descansan a veces
familias enteras de caminantes. Un trecho hacia la derecha del árbol de la
ciencia veo una colinita redondeada, como un huevo, cubierta de granitos de un
rojo luminoso y toda clase de piedras preciosas de variados colores. Estaba
rellenada de formas de cristales preciosos. Alrededor de la colinita había
hermosos árboles de una altura tal que se podía estar en ella sin ser
observado. También había en torno hierbas y arbustos. Estos arbolitos tenían
brotes y frutos, reconfortantes y de variados colores. A corta distancia a la
izquierda del árbol de la ciencia del bien y del mal, había una depresión, un
pequeño valle, cubierto de un delicado polvo blanco como niebla, con flores
blancas y estambres de frutos. Había variedad de plantas, pero eran más
incoloras y más como polvillos que como frutos. Era como si los dos lugares
tuviesen una relación íntima: cual si fuese la colinita tomada del valle o cual
se tuviese que llenar el valle con la colinita. Eran como semilla y campo para
sembrarla. Los dos lugares me parecieron sagrados. Los he visto resplandecer,
especialmente la parte de la colinita. Entre estos lugares y el árbol de la
ciencia había varios arbustos y pequeños arbolitos. Todo este conjunto y toda
la naturaleza creada, parecían transparentes, llenos de luz. Ambos lugares eran
las moradas de nuestros primeros padres. El árbol de la ciencia estaba como una
división entre ellos. Creo haber visto que Dios les señaló estos lugares
después de la creación de Eva. En efecto, al principio no los veía yo
frecuentemente juntos. Los veía sin deseos el uno del otro: se retiraba cada
uno a su lugar de preferencia. Los animales eran indeciblemente nobles,
cubiertos de un brillo tenue, y servían a nuestros primeros padres. Tenía cada
uno su lugar de retiro, según su naturaleza y sus caminos, según sus clases.
Todos los lugares de los diversos animales y sus clases tenían relación entre
sí con un gran misterio de las leyes eternas que Dios había establecido en la
creación.
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