domingo, 11 de enero de 2015

XX La torre de Babel.



La construcción de la torre de Babel fue la obra de la soberbia y del orgullo. Los iniciadores quisieron hacer una obra, según su idea de resistir a la providencia y voluntad de Dios. Cuando los descendientes de Noé se multiplicaron en gran manera, los más entendidos y presuntuosos de ellos se reunieron y determinaron hacer una obra tan grande y tan extraordinariamente fuerte que fuera la admiración de todos los tiempos, y así todos los venideros hablasen de ellos como de los más atrevidos y más poderosos hombres del mundo. De ninguna manera pensaron en dar la gloria de todo a Dios: sólo pensaron en glorificarse a sí mismos. De no haber habido este olvido de Dios, el Señor les hubiera permitido terminar su obra. Esto se me dio a entender claramente. Los descendientes de Sem no tomaron parte en esta construcción. Ellos vivían en lugares llanos donde crecían palmas y otros árboles gentiles que les daban frutos; no obstante, tuvieron ellos también que contribuir a la edificación de la torre puesto que no estaban tan distantes del lugar de la construcción. Solamente los descendientes de Cam y de Jafet se ocuparon de esta edificación, y llamaban a los Semitas un pueblo de menguados y de tontos, porque se negaban a unirse con ellos. Los semitas no eran tampoco tan numerosos como los de Cam y Jafet. Entre los semitas formaban una raza más preservada los descendientes de Heber y luego de Abraham.

Sobre Heber, que no tomó parte en la construcción de Babel, puso sus ojos Dios para separarlo a él y a su descendencia de la común corrupción del mundo y hacerse de esta raza un pueblo más santo. Por este motivo Dios dio a este pueblo un idioma santo que no tuvo otro pueblo, para que se mantuviera separado de los demás. Este idioma es la pura lengua caldea. La lengua madre que hablaron Adán, Noé y Sem fue otra, y de ella no queda sino algo en cada una de las lenguas diversas existentes. Las primeras puras hijas de esta lengua primitiva son los idiomas de los Bactrios, el Zend y la sagrada lengua de los Indos. De estas lenguas hay aún palabras, como en el bajo alemán de mi pueblo nativo. En este mismo idioma está escrito el libro que yo veo aun existente en el actual Ctesifonte; en el Tigres. Heber vivió en los tiempos de Semíramis. Su abuelo Arfaxad fue el hijo de elección del patriarca Sem, lleno de inteligencia y buen juicio. Desgraciadamente se derivaron muchos errores más tarde de sus enseñanzas y culto idolátrico y aún muchas artes de magia. Los magos traen su origen de estos errores.

La torre de Babel se edificó sobre una altura extensa que tenía un circuito como de dos horas de camino. Alrededor había un extenso valle con muchos campos de árboles, jardines y plantaciones. Desde los fundamentos de la torre hasta la altura del primer piso, se veían veinticinco anchos caminos de material que llegando desde lejos subían hasta esa altura. Correspondían a las veinticinco tribus que edificaban la torre. Cada una de estas tribus debía tener su camino hacia la torre desde su lejana ciudad, para que en momento de peligro pudiera refugiarse por su calle en las alturas de la torre. La torre debía servir también para el culto idolátrico de sus dioses.

Estos caminos amurallados estaban muy apartados unos de otros en su comienzo, desde la ciudad de origen; se iban acercando en dirección de la torre y al llegar a ella el espacio entre un camino y otro no era más ancho que una calle o camino real. Antes de su terminación, estaban estos caminos trabados entre sí con arcos transversales, y desde aquí había, entre cada dos caminos, una puerta ancha como de diez pies que daba a la base de la torre. Cuando estos caminos se acercaban a la torre estaban reforzados por una serie de arcadas con aberturas al través, y más cerca aún de la base de la torre, por una doble serie de arcos, uno sobre otro, y por encima de ellos se podía caminar en torno de la torre. Estos caminos servían para reforzar los fundamentos de la misma torre como las raíces de una planta y también para subir el peso de los materiales de construcción que se traían a todos los lados de la torre. Entre estos caminos, que eran como raíces de la torre, había muchas habitaciones subterráneas amuralladas. He visto que vivía una multitud grande de gente en tiendas de campaña, además de las que habitaban en los huecos, subterráneos y habitaciones que había en la base misma de la torre. Era un ir y venir, un movimiento extraordinario y febril, cual las hormigas en sus hormigueros. Camellos, elefantes y asnos en cantidad inmensa subían y bajaban por los caminos, tan anchos que podían encontrase sin molestarse unos a otros. A lo largo del camino había sitios para cargar y descargar, así como depósitos para forraje y descanso de los animales. He visto que muchos de estos animales subían y bajaban por los caminos sin hombres que los guiasen.

Los caminos que había en la base de la torre llevaban a un laberinto de entradas, salas, pasadizos, escaleras y cámaras. De esos subterráneos de la torre se podía, por medio de escalones abiertos en las paredes, subir por todos lados a lo alto de la torre. Desde la terraza del primer piso se abría un camino exterior que corría en forma de caracol en torno del edificio. El interior de la construcción estaba lleno de sólidos sótanos, de cámaras y pasadizos en todas direcciones. La edificación se llevaba a término con uniformidad de todos lados, hacia el centro, donde en un principio había una gran tienda de campaña. Edificaban con ladrillos. He visto, sin embargo, que arrastraban también grandes piedras labradas de otros lugares. La parte exterior de estos caminos que subían a la torre tenían un color blanquizco y resplandecían a los rayos del sol: desde lejos presentaban un espléndido espectáculo. La torre estaba edificada con arte exquisito y se me ha dicho que la hubiesen podido terminar y que subsistiría aún ahora, como un hermoso recuerdo de la fuerza de la unión de los hombres, si la hubiesen emprendido teniendo en cuenta a Dios y su gloria. Pero ellos no pensaban en Dios; era la obra de la pura soberbia humana.

En el interior de las bóvedas dejaban grabadas con piedras de diversos colores, en grandes letras, los hombres de los que habían contribuido mayormente a la edificación, y en las columnas figuraban las alabanzas de sus hechos y proezas. Estas gentes no tenían reyes, sino patriarcas, que gobernaban según ciertos acuerdos que tomaban entre sí. Las piedras que usaban estaban cortadas de modo que al colocarlas se unían perfectamente entre sí. Todo el mundo trabajaba en la obra. He visto que habían abierto canales y cisternas para el agua y que las mujeres pisaban el barro y la mezcla con los pies. Los hombres llevaban los brazos y el pecho descubiertos cuando estaban en el trabajo. Los más nobles atenían sobre la cabeza una especie de gorra con un botón. Las mujeres llevaban la cabeza cubierta.

La torre había subido ya tanto, que de un lado se sentía un frio intenso por la sombra que proyectaba, y del otro, un calor notable por el reflejo del sol sobre los caminos y murallas del edificio.

Habían trabajado ya por espacio de treinta años y apenas habían llegado al segundo piso de la enorme torre. A estas alturas trabajaban en el interior del edificio, haciendo las columnas en forma de torre y grabando sus nombres con piedras de colores y las proezas de sus tribus respectivas, cuando de pronto se introdujo la confusión. No eran obras muy artísticas estas grabaciones en piedra; pero mucho se fijó con piedras de diversos colores y en los nichos se colocaron también figuras y estatuas.

Entre los maestros y dirigentes de la obra he visto aparecer a Melquisedec, que les pidió cuenta del modo que procedían y les anunció el castigo de Dios, si no cambiaban de conducta. Ya desde entonces comenzó la confusión de ideas. Muchos que hasta entonces habían trabajado en paz y concordia comenzaron a gloriarse de sus obras, de su saber y de su aporte a la empresa, y a pretender exenciones y privilegios, formando partidos unos contra otros. Contra éstos se levantaron protestas, enemistad y, por fin, abierta guerra. Al principio pareció que eran sólo dos las tribus descontentas y rebeldes, y se determinó refrenarlas; pero pronto se vio que todos estaban desunidos. Riñeron entre ellos, hubo muertos y heridos. No se entendieron, se separaron y se dispersaron por toda la redondez de la tierra. He visto que los descendientes de Sem fueron más al Mediodía, donde vivió Abraham. He visto, en esta ocasión, que un hombre bueno no se apartó por entonces de Babel, sino que permaneció por causa de su mujer entre los malos del lugar. Este hombre fue el origen de los Samanes, que más tarde fueron oprimidos por Semíramis, hasta que los libró y los sacó del lugar el mismo Melquisedec, llevándolos a la tierra prometida.

Cuando yo veía, desde niña, la torre de Babel, no podía imaginarme lo que podría ser y desechaba esa visión, porque no había visto más que las casitas de mi pueblo, donde la puerta sirve también de escape al humo de la cocina, y la ciudad de Koesfeld. A veces pensé, en mi simplicidad de niña, que eso debía ser el cielo. Pero puedo decir que siempre he visto esta torre de la misma forma como ahora; más tarde he visto el aspecto de la torre como estaba aún en tiempos de Job.

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