La
construcción de la torre de Babel fue la obra de la soberbia y del orgullo. Los
iniciadores quisieron hacer una obra, según su idea de resistir a la
providencia y voluntad de Dios. Cuando los descendientes de Noé se
multiplicaron en gran manera, los más entendidos y presuntuosos de ellos se
reunieron y determinaron hacer una obra tan grande y tan extraordinariamente
fuerte que fuera la admiración de todos los tiempos, y así todos los venideros
hablasen de ellos como de los más atrevidos y más poderosos hombres del mundo.
De ninguna manera pensaron en dar la gloria de todo a Dios: sólo pensaron en
glorificarse a sí mismos. De no haber habido este olvido de Dios, el Señor les
hubiera permitido terminar su obra. Esto se me dio a entender claramente. Los
descendientes de Sem no tomaron parte en esta construcción. Ellos vivían en
lugares llanos donde crecían palmas y otros árboles gentiles que les daban
frutos; no obstante, tuvieron ellos también que contribuir a la edificación de
la torre puesto que no estaban tan distantes del lugar de la construcción.
Solamente los descendientes de Cam y de Jafet se ocuparon de esta edificación,
y llamaban a los Semitas un pueblo de menguados y de tontos, porque se negaban
a unirse con ellos. Los semitas no eran tampoco tan numerosos como los de Cam y
Jafet. Entre los semitas formaban una raza más preservada los descendientes de
Heber y luego de Abraham.
Sobre
Heber, que no tomó parte en la construcción de Babel, puso sus ojos Dios para
separarlo a él y a su descendencia de la común corrupción del mundo y hacerse
de esta raza un pueblo más santo. Por este motivo Dios dio a este pueblo un
idioma santo que no tuvo otro pueblo, para que se mantuviera separado de los
demás. Este idioma es la pura lengua caldea. La lengua madre que hablaron Adán,
Noé y Sem fue otra, y de ella no queda sino algo en cada una de las lenguas
diversas existentes. Las primeras puras hijas de esta lengua primitiva son los
idiomas de los Bactrios, el Zend y la sagrada lengua de los Indos. De estas
lenguas hay aún palabras, como en el bajo alemán de mi pueblo nativo. En este
mismo idioma está escrito el libro que yo veo aun existente en el actual Ctesifonte;
en el Tigres. Heber vivió en los tiempos de Semíramis. Su abuelo Arfaxad fue el
hijo de elección del patriarca Sem, lleno de inteligencia y buen juicio.
Desgraciadamente se derivaron muchos errores más tarde de sus enseñanzas y
culto idolátrico y aún muchas artes de magia. Los magos traen su origen de
estos errores.
La
torre de Babel se edificó sobre una altura extensa que tenía un circuito como
de dos horas de camino. Alrededor había un extenso valle con muchos campos de
árboles, jardines y plantaciones. Desde los fundamentos de la torre hasta la
altura del primer piso, se veían veinticinco anchos caminos de material que
llegando desde lejos subían hasta esa altura. Correspondían a las veinticinco
tribus que edificaban la torre. Cada una de estas tribus debía tener su camino
hacia la torre desde su lejana ciudad, para que en momento de peligro pudiera
refugiarse por su calle en las alturas de la torre. La torre debía servir
también para el culto idolátrico de sus dioses.
Estos
caminos amurallados estaban muy apartados unos de otros en su comienzo, desde
la ciudad de origen; se iban acercando en dirección de la torre y al llegar a
ella el espacio entre un camino y otro no era más ancho que una calle o camino
real. Antes de su terminación, estaban estos caminos trabados entre sí con
arcos transversales, y desde aquí había, entre cada dos caminos, una puerta
ancha como de diez pies que daba a la base de la torre. Cuando estos caminos se
acercaban a la torre estaban reforzados por una serie de arcadas con aberturas
al través, y más cerca aún de la base de la torre, por una doble serie de
arcos, uno sobre otro, y por encima de ellos se podía caminar en torno de la
torre. Estos caminos servían para reforzar los fundamentos de la misma torre
como las raíces de una planta y también para subir el peso de los materiales de
construcción que se traían a todos los lados de la torre. Entre estos caminos,
que eran como raíces de la torre, había muchas habitaciones subterráneas
amuralladas. He visto que vivía una multitud grande de gente en tiendas de
campaña, además de las que habitaban en los huecos, subterráneos y habitaciones
que había en la base misma de la torre. Era un ir y venir, un movimiento
extraordinario y febril, cual las hormigas en sus hormigueros. Camellos,
elefantes y asnos en cantidad inmensa subían y bajaban por los caminos, tan
anchos que podían encontrase sin molestarse unos a otros. A lo largo del camino
había sitios para cargar y descargar, así como depósitos para forraje y
descanso de los animales. He visto que muchos de estos animales subían y bajaban
por los caminos sin hombres que los guiasen.
Los
caminos que había en la base de la torre llevaban a un laberinto de entradas,
salas, pasadizos, escaleras y cámaras. De esos subterráneos de la torre se
podía, por medio de escalones abiertos en las paredes, subir por todos lados a
lo alto de la torre. Desde la terraza del primer piso se abría un camino
exterior que corría en forma de caracol en torno del edificio. El interior de
la construcción estaba lleno de sólidos sótanos, de cámaras y pasadizos en todas
direcciones. La edificación se llevaba a término con uniformidad de todos
lados, hacia el centro, donde en un principio había una gran tienda de campaña.
Edificaban con ladrillos. He visto, sin embargo, que arrastraban también
grandes piedras labradas de otros lugares. La parte exterior de estos caminos
que subían a la torre tenían un color blanquizco y resplandecían a los rayos
del sol: desde lejos presentaban un espléndido espectáculo. La torre estaba
edificada con arte exquisito y se me ha dicho que la hubiesen podido terminar y
que subsistiría aún ahora, como un hermoso recuerdo de la fuerza de la unión de
los hombres, si la hubiesen emprendido teniendo en cuenta a Dios y su gloria.
Pero ellos no pensaban en Dios; era la obra de la pura soberbia humana.
En
el interior de las bóvedas dejaban grabadas con piedras de diversos colores, en
grandes letras, los hombres de los que habían contribuido mayormente a la
edificación, y en las columnas figuraban las alabanzas de sus hechos y proezas.
Estas gentes no tenían reyes, sino patriarcas, que gobernaban según ciertos
acuerdos que tomaban entre sí. Las piedras que usaban estaban cortadas de modo
que al colocarlas se unían perfectamente entre sí. Todo el mundo trabajaba en
la obra. He visto que habían abierto canales y cisternas para el agua y que las
mujeres pisaban el barro y la mezcla con los pies. Los hombres llevaban los
brazos y el pecho descubiertos cuando estaban en el trabajo. Los más nobles
atenían sobre la cabeza una especie de gorra con un botón. Las mujeres llevaban
la cabeza cubierta.
La
torre había subido ya tanto, que de un lado se sentía un frio intenso por la
sombra que proyectaba, y del otro, un calor notable por el reflejo del sol
sobre los caminos y murallas del edificio.
Habían
trabajado ya por espacio de treinta años y apenas habían llegado al segundo
piso de la enorme torre. A estas alturas trabajaban en el interior del
edificio, haciendo las columnas en forma de torre y grabando sus nombres con
piedras de colores y las proezas de sus tribus respectivas, cuando de pronto se
introdujo la confusión. No eran obras muy artísticas estas grabaciones en
piedra; pero mucho se fijó con piedras de diversos colores y en los nichos se
colocaron también figuras y estatuas.
Entre
los maestros y dirigentes de la obra he visto aparecer a Melquisedec, que les
pidió cuenta del modo que procedían y les anunció el castigo de Dios, si no
cambiaban de conducta. Ya desde entonces comenzó la confusión de ideas. Muchos
que hasta entonces habían trabajado en paz y concordia comenzaron a gloriarse
de sus obras, de su saber y de su aporte a la empresa, y a pretender exenciones
y privilegios, formando partidos unos contra otros. Contra éstos se levantaron
protestas, enemistad y, por fin, abierta guerra. Al principio pareció que eran
sólo dos las tribus descontentas y rebeldes, y se determinó refrenarlas; pero
pronto se vio que todos estaban desunidos. Riñeron entre ellos, hubo muertos y
heridos. No se entendieron, se separaron y se dispersaron por toda la redondez de
la tierra. He visto que los descendientes de Sem fueron más al Mediodía, donde
vivió Abraham. He visto, en esta ocasión, que un hombre bueno no se apartó por
entonces de Babel, sino que permaneció por causa de su mujer entre los malos
del lugar. Este hombre fue el origen de los Samanes, que más tarde fueron
oprimidos por Semíramis, hasta que los libró y los sacó del lugar el mismo
Melquisedec, llevándolos a la tierra prometida.
Cuando
yo veía, desde niña, la torre de Babel, no podía imaginarme lo que podría ser y
desechaba esa visión, porque no había visto más que las casitas de mi pueblo,
donde la puerta sirve también de escape al humo de la cocina, y la ciudad de
Koesfeld. A veces pensé, en mi simplicidad de niña, que eso debía ser el cielo.
Pero puedo decir que siempre he visto esta torre de la misma forma como ahora;
más tarde he visto el aspecto de la torre como estaba aún en tiempos de Job.
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