viernes, 9 de enero de 2015

XXVIII Melquisedec y los Samanes.



Melquisedec era considerado como un ser superior: un profeta, un sabio, un hombre de jerarquía a quien todas las cosas le salían bien. Hubo en aquellos tiempos y aún más tarde varios de estos seres de superior jerarquía. No eran extraños a aquellos pueblos, como no lo fueron los ángeles que conservaban familiarmente a Abraham. Pero he visto que también había apariciones de seres malignos que trataban de turbar las obras de los buenos; así como entre los buenos profetas, los había malos y engañadores.

La salida de los Samanes de la tierra de Babilonia tuvo parecido con la salida, más tarde, de los israelitas de Egipto. No eran estos Samanes tan numerosos como los israelitas. De los Samanes llevados a la tierra prometida, he visto tres hombres en las cercanías del monte Tabor, en el lugar llamado Montaña del Pan, viviendo en cuevas, mucho tiempo antes de Abraham. Estaban vestidos con pieles; eran de rostro más oscuro que Abraham, y sobre la cabeza llevaban sujeta una hoja muy ancha para protegerse de los rayos del sol. Llevaban una vida santa de solitarios, al modo de Henoc; tenían un conjunto de creencias simples, aunque secretas, y recibían revelaciones y visiones muy simples. Había en su religión la persuasión de que Dios se ligaría un día con los hombres y como si ellos debían preparar el camino para su realización. Ofrecían sacrificios: de todos sus alimentos separaban la tercera parte, la exponían al sol y la dejaban allí. Esto es lo que me pareció a mí. Podría ser también que lo pusieran allí para los pobres, pues he visto a veces a estos acudir y llevarse los alimentos. Los he visto vivir muy sencillamente, apartados de los demás hombres que aún no eran numerosos y habitaban en tiendas, formando agrupaciones de pueblos. He visto a estos hombres peregrinar a diversos lugares del país, cavando, a veces, pozos, desmontando montes y colocando piedras como fundamentos de futuras poblaciones. Los he visto arrojar a los malos espíritus de ciertos lugares del aire, desterrarlos a sitios pantanosos, estériles y llenos de neblinas. En esta ocasión he comprobado, una vez más, que los malos espíritus suelen habitar frecuentemente en sitios pantanosos y oscuros. He visto a menudo a estos hombres en lucha abierta con los malos espíritus. Yo me maravillaba al principio cuando veía que los lugares donde colocaban piedras para levantar poblaciones, eran cubiertos por hierbas y plantas salvajes; y con todo he visto que las ciudades de Safet, Betsaida, Nazaret, etc., se edificaron precisamente donde habían puesto por fundamento esas piedras. Así trabajaron en el sitio donde más tarde se levantó la casita en la cual recibió María el anuncio del ángel. Del mismo modo los he visto trabajando en Fatefer, Séforis, en el lugar de la casita de Ana, cerca de Nazaret; en Megido, Naím, Ainón y Hebrón, y en la cueva cerca de Belén. También fundaron Micmetat y otros lugares de cuyos nombres ya no me acuerdo.

Sobre el monte Tabor los veía reunirse mensualmente con Melquisedec, quien les traía cada vez un pan cuadrado, de un grosor de tres pies cuadrados, ya dividido en muchas partes pequeñas. Este pan era moreno y estaba cocido en la ceniza. He visto a Melquisedec llegar hacia ellos siempre solo. El pan que traía en las manos parecía flotar en ellas sin peso; pero cuando se acercaba lo ponía sobre el hombro, como si le pesara. Creo que procedía así para aparecer como hombre. Ellos se comportaban con temor reverencial y se postraban con el rostro en tierra en su presencia. Melquisedec les enseñaba a cultivar la viña en las cercanías del Tabor y ellos sembraban por muchas partes del país toda clase de buenas semillas que él les daba. Estas plantas aún crecen allí en estado selvático. Los veía cortar cada día un trozo de pan con el oscuro instrumento o pala con que trabajan la tierra. Observaban los días festivos, conocían las estrellas, y el octavo día lo celebraban con sacrificio y oración, como también ciertos días del año. Los he visto abrir caminos hacia donde habían puesto las piedras de futuras fundaciones y donde habían sembrado o abierto pozos. Los sitios de donde alojaban a los espíritus malignos, luego los purificaban, los limpiaban y los desocupaban con toda naturalidad. Hicieron caminos hacia Caná, Megido, Naín, y prepararon la mayoría de los lugares en donde nacieron los profetas. Pusieron los fundamentos de Abelmehola y Dotaim e hicieron el hermoso pozo y los baños de Betulia. A Melquisedec lo veían caminando de un lado a otro del país, y nadie sabía cuál era su residencia. Los hombres me parecían muy viejos, pero aún activos y llenos de vida. En el paraje donde estuvo después el Mar Muerto y en Judea, ya había ciudades. También había algunas en el Norte del país. En cambio, en el centro no había ninguna población.

Aquellos tres varones se cavaron ellos mismos su sepultura, el uno cerca de Hebrón, el segundo cerca del Tabor y el tercero no lejos de Safet. Estos varones fueron para Abraham lo que fue más tarde Juan para la venida de Jesús. Ellos preparaban y purificaban el país; hacían caminos, sembraban buenas semillas y frutos y encauzaban canales de agua para el que había de ser padre de las muchedumbres del pueblo de Dios. Juan, en cambio, preparaba los corazones a la penitencia y al renacimiento, por medio de Jesucristo. Ellos hacían para Israel lo que Juan hizo para la Iglesia. He visto en diversos lugares hombres semejantes a éstos, los cuales habían sido puestos en sus sitios por el mismo Melquisedec.

Muchas veces he visto a Melquisedec, mucho antes de Semíramis y de Abraham, recorriendo Tierra Santa, entonces salvaje e inculta, ordenando, disponiendo y señalando lugares. Lo veía siempre solo y pensaba para mí: "¿Qué querrá este hombre aquí ahora, siendo que no hay nadie en esta tierra?" Lo he visto cavar un pozo en una montaña, en donde brotó el río Jordán. Tenía en sus manos un taladro delgado y largo, que entraba como un rayo en las entrañas de la tierra. Lo he visto abrir en diversos lugares fuentes de agua. En los primeros tiempos del mundo no había, como ahora, ríos que fluyen y corren engrosados por la tierra; veía yo, en cambio, que muchas aguas descendían desde una alta montaña en el Oriente.

Melquisedec tomó en posesión muchos lugares de la Tierra Santa señalándolos desde entonces. Midió el espacio donde más tarde estuvo la fuente de Betesda. Puso una piedra donde debía levantarse el templo, antes que existiera Jerusalén. Lo he visto plantar como semillas, y crecieron esas doce nobles piedras, a orillas del Jordán, donde se detuvieron los sacerdotes con el Arca de la Alianza en su paso por el río. De este modo he visto siempre a Melquisedec, solo, menos cuando intervenía entre los hombres para reconciliar, apartar y guiar familias y jefes de pueblos de un punto a otro del mundo. He visto que Melquisedec edificó un castillo cerca de Salén. Era más bien una serie de tiendas, con galería en torno y escaleras, semejante al castillo que vi en el país del rey Mensor, en Arabia. Sólo los fundamentos eran de piedras firmes. Me parece haber visto que subsistían aún en tiempos de Juan Bautista los cuatro ángulos donde estaban metidos los principales pilotes. Quedaba sólo un fuerte fundamento de piedras que parecía un parapeto, donde Juan puso su casita de pajas y juncos.
Ese castillo o tienda era un lugar donde caminantes y viajeros se detenían como en público albergue, cerca de agradables y abundantes aguas. Quizás tenía Melquisedec el castillo allí para albergar y enseñar a las gentes que pasaban, ya que yo veía a Melquisedec siempre ocupado en aconsejar y en dirigir a las razas y los pueblos. El lugar tenía desde entonces una relación con el futuro bautismo. Este era el punto de partida de Melquisedec; de allí salía para las obras de edificación de Jerusalén, hacia Abraham o a cualquier otro punto del país. El reunía aquí y repartía familias y tribus, que luego se establecían en diversos lugares. Esto sucedía mucho antes del sacrificio de pan y vino, el cual me parece sucedió en un valle en la parte meridional de Jerusalén. Había edificado a Salén antes de comenzar la misma Jerusalén.

Donde él obraba o edificaba parecía colocar el fundamento de una futura gracia, como si señalase el lugar de un acontecimiento o comenzase algo que debía realizarse con el andar de los tiempos. Melquisedec pertenece a ese coro de ángeles que están puestos sobre países, comarcas y pueblos. Al mismo coro pertenecieron aquellos ángeles que llevaban mensajes a Abraham y a los patriarcas. Estos ángeles están como enfrentando a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

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