sábado, 10 de enero de 2015

XXVII Melquisedec.



He visto muchas veces a Melquisedec; pero nunca como un hombre, sino como un ser de otra naturaleza, como mensajero y enviado de Dios. Jamás he visto un determinado lugar de su habitación; ningún país que fuera su patria; ninguna relación de Melquisedec con parientes, ascendientes o descendientes 9. Jamás lo he visto que comiera, bebiera o estuviera descansando o durmiendo; ni siquiera me entraba la duda de que pudiera ser un hombre, como los demás. Tenía vestiduras tales que nadie las usaba sobre la tierra, ni sacerdotes ni otras personas. En cambio, he visto que tenía parecido con los ángeles que yo veía en la celestial Jerusalén, y con el estilo que más tarde, por orden de Dios, Moisés hizo confeccionar los vestidos sacerdotales.

He visto a Melquisedec, en diversos lugares, apareciendo para aconsejar, interceder, ordenar muchas cosas que miraban al bien de los pueblos y las tribus, como también en ocasiones de triunfo en algunas batallas. Donde él se presentaba, su autoridad era incontrastable: todos la acataban aún por el prestigio personal que rodeaba su aparición. Nunca he visto que alguien le resistiese, a pesar de que no usaba medio violento; y todos los hombres, aun los idólatras y paganos, recibían sus decisiones y cumplían sus órdenes. He visto que no tenían ningún semejante, ningún compañero: siempre aparecía solo. A veces tenía dos mensajeros que corrían delante, anunciando su llegada. Vestían de blanco, ropas cortas. Anunciaban su llegada a algunos lugares; luego él los licenciaba. Todo lo que necesitaba lo tenía siempre consigo. Si recibía algo de los hombres, éstos no sufrían necesidad: lo daban de buena voluntad, libremente y con gozo. Se consideraban dichosos los que gozaban de su presencia y le tenían un temor reverencial. Los perversos, al hablar de él, solían burlarse en su ausencia; pero delante de él se humillaban y le temían. A mi modo de ver, ocurría a Melquisedec, entre los paganos, idólatras y sensuales, lo que ocurre hoy con un hombre de reconocida santidad de vida: que aparece entre la multitud y derrama a su paso salud, bendiciones y palabras de consuelo.

De este modo lo he visto también entre los cortesanos de la reina Semíramis, en Babilonia. Tenía la reina un esplendor extraordinario; hacía construir con turbas de esclavos los más soberbios edificios y trataba a estos pueblos con mayor crueldad que los faraones a los hijos de Jacob en Egipto. Se ejercía allí la más abominable idolatría. Se ofrecían sacrificios humanos, enterrando a seres humanos hasta el cuello. Todo el lujo, el esplendor, la riqueza y el arte estaban allí en todo su apogeo, de modo que parecía exceder toda medida y moderación. Semíramis acometía grandes empresas guerreras, con numerosos soldados, casi siempre contra pueblos del Oriente. La vi poco en el Occidente. En el Norte no había entonces más que pueblos atrasados, sumidos en la oscuridad y la bajeza. Existía entonces, en los confines de Semíramis, un pueblo muy numeroso, de raza semita, que después de la torre de Babel se había establecido allí multiplicándose mucho. Vivían como los pastores, bajo tiendas; tenían mucho ganado y celebraban culto durante la noche en una tienda abierta bajo la bóveda del cielo estrellado. Tenían la bendición de Dios. Todo prosperaba entre ellos y sus animales eran siempre los mejores y más preciados. A esta raza bendecida pensó la satánica Semíramis destruirla y ya había comenzado su obra en parte. Sabía la perversa mujer, por la bendición que había en esa raza, que Dios tenía algún designio especial con ese pueblo; y por esto, como ella era hechura del demonio, quiso destruirlo. Cuando la persecución se hizo intolerable, vi aparecer a Melquisedec. Se presentó ante Semíramis y le exigió que dejase partir de allí a ese pueblo. Le echó en cara su crueldad. Ella no pudo oponer resistencia a la exigencia de Melquisedec, que sacó a ese pueblo elegido y, en diversos grupos, lo trasladó a la tierra prometida. Durante su permanencia en Babilonia, he visto que Melquisedec habitaba en una tienda, y desde allí repartía pan a los necesitados del pueblo, para que pudieran viajar. Llegados a la tierra de Canaán, les señaló lugares para edificar, y adquirieron tierras en propiedad. El mismo Melquisedec los distribuyó en lugares donde no se mezclasen con razas impuras e idólatras. El nombre de esta raza suena como Samanes o Semanes. A algunos de ellos les señaló lugares hacia lo que fue más tarde el Mar Muerto. La ciudad que edificaron pereció en la destrucción de Sodoma y Gomorra.

Semíramis había recibido a Melquisedec con una mezcla de reverencia, de secreto temor y de admiración por su sabiduría. Melquisedec apareció ante ella como Rey de la Estrella Matutina, es decir, rey del lejano Oriente. Ella se imaginaba quizás poder conquistarlo como esposo y aumentar su poderío. Melquisedec le habló con mucha severidad y le afeó su crueldad y su tiranía, y le predijo la cercana ruina de la pirámide que había hecho edificar cerca de Menfis. Semíramis pareció muy atemorizada y permanecía delante de Melquisedec muy apocada. He visto que sobrevino un castigo: se volvió como un animal y estuvo largo tiempo encerrada. Se le daba con desprecio paja y heno, como a un animal en un pesebre. Sólo un criado la aguantaba, dándole de comer y beber. Cuando recobró el juicio, volvió a sus crueldades antiguas. He visto que terminó miserablemente; se le arrancaron las entrañas del cuerpo. Vivió ciento diecisiete años.

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