Había
llegado el tiempo del diluvio. Noé ya se lo había anunciado a los suyos. Tomó a
sus hijos Sem, Cam y Jafet, con sus mujeres y sus hijos y descendientes: había
allí nietos de cincuenta y sesenta años, y de estos, hijos pequeños y grandes,
que entraron en el arca. Todos los que habían trabajado en construir el arca, y
quedado libres de idolatría, entraron en el arca. Había como cien personas
adentro, lo cual era necesario para dar a tantos animales el alimento que
necesitaban y hacer la limpieza de los compartimientos. No puedo decir otra
cosa sino que siempre he visto que entraron en el arca los hijos de Sem, Cam y
Jafet. Veo allí dentro muchas criaturas, niños y niñas; todos los descendientes
de Noé que permanecieron buenos. En la Sagrada Escritura no se habla tampoco de
los hijos de Adán, fuera de Caín, Abel y Set, y, sin embargo, veo yo allí
muchas criaturas entre ellos y siempre de a pares, es decir niños y niñas. Lo
mismo se lee en la primera Epístola de San Pedro de solo ocho personas que
estaban en el arca; es decir, los cuatro patriarcas con sus mujeres, de los
cuales descendieron todos los demás después del diluvio. Al niño Hom también lo
he visto en el arca, yaciendo en una artesa de cortezas, sujeto firmemente con
una ligadura de pieles. He visto después nadando muchas de estas artesas de
cortezas, como cunas de niños, acabado el diluvio. He visto también en los
huecos y en las habitaciones de piedras y ladrillos estas cavidades llenas de
cunas de niños. Los lechos de los judíos estaban generalmente en las cavidades
de las paredes.
Cuando
el arca se levantó sobre las aguas y los hombres subían sobre los techos,
árboles y montañas, y se veían ya muchos cadáveres y árboles flotando sobre las
aguas, Noé y los suyos estaban ya seguros dentro del arca. Aún antes de entrar
Noé con su mujer y sus hijos y las mujeres de sus hijos, en el arca, pidió a
Dios misericordia para los hombres. Retiraron el puente al interior y cerraron
finalmente la puerta tras de ellos. Todo lo abandonó; también parientes
cercanos, con hijos pequeños, ya que éstos se le habían retirado cuando
fabricaba el arca. De pronto se desencadenó un temporal sin precedentes; los
rayos caían sobre la tierra como columnas de fuego y los torrentes de las aguas
caían como arroyos que se precipitaban de lo alto. La colina sobre la cual
estaba el arca, pronto se convirtió en una isla. La calamidad fue entonces tan
grande que yo creo que muchos se habrán convertido siquiera por temor.
He
visto a un demonio negro, de espantable aspecto, cruzar la oscura tempestad
induciendo a los hombres a la desesperación. Sapos y serpientes buscaban
refugio en algún rincón del arca. No he visto entonces ni mosquitos ni
insectos; estos aparecieron después, para castigo y calamidad de los hombres.
He
visto a Noé ofreciendo sacrificios sobre el altar, cubierto de lienzos blancos
y colorados. Tenía Noé en una caja redonda varios huesos de Adán, que posaba
sobre el altar cuando rezaba y hacía sacrificios. He visto sobre su altar el
cáliz que usó después Nuestro Señor en la última Cena; este cáliz le había sido
traído a Noé, mientras fabricaba el arca, por tres seres de larga y blanca
vestidura, como los tres hombres que aparecieron a Abraham para anunciarle el
nacimiento de su hijo. Habían venido de una ciudad que después del diluvio se
hundió, y hablaron con Noé expresándole que, ya que era hombre de fama, debía
llevar dentro del arca ese cáliz, que encerraba un misterio grande, para que no
se perdiera en el desastre del diluvio. En el cáliz había un grano de trigo
grande como una semilla de girasol y una ramita de vid. Noé metió ambas cosas
en una manzana amarilla y los puso dentro del cáliz, que no tenía tapa. Debía
crecer esa rama y brotar hacia fuera. Más tarde he visto este cáliz en poder de
un descendiente de Sem, que vivió después de la dispersión de Babel en el país
de Semíramis y que fue padre de los Samanes, los cuales fueron sacados por obra
de Melquisedec del poder de Semíramis y trasladados a la tierra de Canaán, y
llevaron consigo este cáliz misterioso.
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