Era
el lugar donde estuvo después el Huerto de los Olivos donde he visto a Adán y a
Eva llegar y detenerse. La configuración del terreno era entonces distinta;
pero se me ha mostrado que era el mismo sitio. Los he visto vivir y hacer
penitencia en el lugar donde Jesús sudó sangre. Ellos trabajaron esta tierra.
Los he visto rodeados de hijos y en grande tristeza clamar a Dios que les diese
hijas. Tenían la promesa de que la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente.
Eva
le daba hijos a Adán, en determinados tiempos; pero siempre había unos años de
penitencia entre estos períodos. Así nació Set, el niño de la promesa, después
de siete años de penitencia; nació precisamente en la gruta de lo que fue Belén
más tarde. Un ángel le dijo a Eva que se le daba a Set por el inocente Abel.
Set estuvo bastante tiempo oculto en esa gruta y en otra gruta cercana, llamada
gruta de la lactancia de Abraham, porque sus hermanos le perseguían de muerte,
como los hermanos envidiaban y persiguieron a José.
Una
vez he visto en torno de Adán once personas: eran Eva, Caín, Abel, dos hermanas
y otros niños pequeños. Todos estaban vestidos con pieles, que les caían como
escapularios ceñidos a la cintura. Estas pieles eran más anchas delante del
pecho y servían como bolsillos. Alrededor de las piernas estaban más abiertas y
cerradas con ataduras a los lados. Los hombres llevaban pieles y vestidos más
cortos, y un bolsón para guardar sus enseres. Sobre los hombros, hasta la mitad
del antebrazo, eran estas pieles blancas y finas, y en las mujeres sujetas
también bajo el brazo. El aspecto de estas personas así vestidas era muy
hermoso y noble. He visto sus chozas que estaban algún tanto metidas en el
suelo, cubiertas con ramas y plantas como techo. Noté que tenían una perfecta
organización doméstica. He visto praderas cubiertas con árboles frutales de
pequeño talle, pero de robusto tronco. También vi allí trigo y diversos
cereales que Dios había dado a Adán para sembrar. No recuerdo haber visto en el
Paraíso terrenal trigo ni vides. Allí no había ninguna fruta que necesitara ser
preparada para comerla. La preparación de la comida es una pena del pecado y un
símbolo del dolor. Dios dio a Adán todo lo que debía sembrar. Recuerdo a este
propósito haber visto en tiempos de Noé a algunos hombres, como ángeles, que
daban a este patriarca algo cuando entraba en el arca; me pareció que era un
gajo de vid metido en una manzana.
Por
este tiempo ya crecía una especie de trigo silvestre, y Adán tenía que separar
el buen trigo de este cereal agreste. Esto mejoraba el silvestre, pero con el
andar del tiempo este cereal fue desmejorando hasta volverse malo. Este cereal
agreste crecía en los primeros tiempos bastante bien y mejorado, especialmente
hacia la región del oriente, como en la India y en la China, cuando había aún
muy pocos hombres en el mundo. En regiones donde abunda la vid y hay aguas con
peces, no prospera este cereal. He visto que tomaban leche de algunos animales
y hacían quesos que secaban a los rayos del sol. Entre los animales he visto
ovejas. Todos los animales que Adán había nombrado en el Paraíso le siguieron
después a la tierra; pero huían de él, y Adán tenía que atraerlos y
domesticarlos dándole alimentos. He visto revolotear muchos pájaros, pequeños
animalitos y cabritos saltadores.
Reinaba
allí un orden doméstico patriarcal. He visto a los hijos de Adán comiendo en
una choza aparte. Los alimentos estaban colocados sobre una gran piedra que
servía de mesa. Los he visto rezar y dar gracias por el alimento. Dios había
enseñado a Adán a ofrecer sacrificios, y Adán era sacerdote en su familia. Caín
y Abel lo eran también en sus familias. Los preparativos se hacían en chozas
separadas. Tenían la cabeza cubierta con una caperuza en forma de nave, tejida
de juncos y hojas, con una parte saliente delante para aferrarla con facilidad.
El aspecto y el color de sus rostros era algo hermosamente amarillento,
brillante, como seda, y tenían cabellera rubia color de oro. Adán llevaba la
cabellera larga. Al principio lo vi con barba corta, y más tarde con barba
larga. A Eva la he visto al principio con los cabellos sueltos y largos; más
tarde los tenía recogidos en trenzas, sobre la cabeza, como una cofia. El fuego
que usaban lo veía como brasas, que conservaban ocultas en hoyos en la tierra.
Lo recibieron del cielo por primera vez. Dios les enseñó el uso del fuego. Era
una materia amarilla, como tierra o greda, que usaban como carbón para quemar.
No los he visto cocinar; en cambio los veía al principio exponer al sol y
tostar. También los he visto exponer al rayo del sol granos de trigo
triturados, colocados en pequeñas cavidades hechas en el suelo, tapadas con
cobertores hechos de ramas entretejidas. Los cereales que Dios les dio fueron trigo,
centeno y cebada. Dios los instruyó en su cultivo, como también los guiaba en
otros trabajos y necesidades primeras.
No
he visto por entonces grandes ríos, como el Jordán; pero brotaban fuentes que
ellos dividían en canales o apresaban en lagunas. Antes de la muerte de Abel no
habían comido carne.
Sobre
el monte Calvario tuve una vez la visión de cómo un profeta, el compañero de
Elías, se metió en unas cuevas que entonces había debajo de ese monte,
amuralladas, que servían de sepulcros. Allí tomó un sarcófago de piedra que
contenía huesos de la calavera de Adán. Aparecióle entonces un ángel, que le
dijo: "Esta es la calavera de Adán". Y le prohibió sacar esos huesos
de allí. Había aún sobre esa calavera cabellos delgados y rubios en partes. He
sabido que por la narración de este profeta se dio a ese lugar el nombre de la
Calavera. Justamente sobre el lugar de esa calavera vino a dar la cruz de
Jesucristo con sus sagrados pies. He sabido en visión que ese lugar es el punto
medio del mundo. Se me mostró esto con números, calculando hacia el Oriente, el
Sur y el Occidente. Pero he olvidado estas cifras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario