viernes, 9 de enero de 2015

XXIX El paciente Job.

El padre de Job, gran conductor de pueblos, fue hermano de Faleg, hijo de Heber. Poco antes de su tiempo ocurrió la dispersión de la torre de Babel. Tuvo trece hijos, el más joven de los cuales fue Job y vivía en la parte Norte del Mar Negro, en una montaña donde de una parte es cálido y de la otra frío y nevado. Job es un antepasado de Abraham, cuya madre es bisnieta de Job, casada en la familia de Heber. Job puede haber alcanzado el tiempo del nacimiento de Abraham. Había vivido en distintos lugares y sus desgracias las padeció en tres partes. Desde la primera calamidad había tenido nueve años de tranquilidad; en la segunda, siete años, y en la tercera, doce años. Las desgracias le pasaron en diversos lugares de su habitación. En ninguna de sus calamidades había quedado reducido a la última miseria, de modo que no tuviera ya nada; quedaba reducido a la pobreza en comparación con su abundancia anterior. Siempre, empero, había podido pagar sus deudas con lo que le quedaba.

Job no pudo permanecer en la casa de sus padres; tenía otras inclinaciones. Adoraba al único verdadero Dios, especialmente en la naturaleza, en las estrellas y en las cambiantes de la luz. Hablaba siempre de las admirables obras de Dios y tenía un culto de la Divinidad, puro y simple. Al separarse de su padre se dirigió con los suyos al Norte del Cáucaso. Aquí encontró una comarca muy miserable y cenagosa. Creo que hoy vive allí una gente de narices chatas, abultados pómulos y ojos pequeños. Aquí comenzó a trabajar y todo le prosperaba. Reunía a toda clase de gentes pobres y desamparadas, que vivían en cuevas y matorrales y no tenían para alimentarse otra cosa que aves y animales de caza, que comían crudos, hasta que Job les enseñó a preparar debidamente los alimentos. Les enseñó a cultivar la tierra. Job y su gente llevaban pocos vestidos y vivían en tiendas de campaña. Job tenía ya mucho ganado, asnos manchados y otros animales. Le nacieron aquí, en una vez, tres hijos, y en otra ocasión, tres hijas. No tenía aún ciudad estable, sino que se trasladaba de una parte a otra de sus posesiones que alcanzaban una extensión de siete horas de camino. No cultivaban en esta tierra pantanosa ninguna clase de trigo, sino una gruesa caña que crecía aún en el agua, que contenía una médula que comían como gacha o asaban al fuego. La carne la tostaban al principio al sol en cavidades en la tierra, hasta que Job les enseñó a cocinar. Solían plantar muchas clases de calabazas para su alimento.

Job era indescriptiblemente bueno, manso y caritativo y ayudaba a las gentes pobres. Era muy puro en sus costumbres. Tenía trato familiar con Dios, que se le aparecía con cierta frecuencia en forma de ángel o de hombre sabio, como solían decir las gentes. Estas apariciones angélicas las veía yo en forma de jóvenes resplandecientes, sin barba, con largas y blancas vestiduras de muchos pliegues, que caían hasta los pies de modo que cubrían toda la persona. Estaban ceñidos, y los veía tomar alimentos y bebidas.

Job era consolado por Dios, por medio de estas apariciones, en sus calamidades; y estas mismas juzgaban a sus amigos, a los hijos de sus hermanos y a los parientes. Job no adoraba ningún ídolo, como lo hacía la gente de los contornos. Sólo se había confeccionado una imagen del Todopoderoso, según su idea. Era la figura de un Niño, con resplandores en torno de la cabeza, las manos una sobre otra; en una de ellas tenía un globo donde se veían dibujadas aguas y una nave. Yo creo que era una representación del diluvio, del cual hablaba a menudo Job con dos de sus más fieles amigos, ponderando la sabiduría y la bondad de Dios. La figura era resplandeciente como el mental. Él solía llevarla consigo a todas partes. Job ofrecía cereales, quemándolos en sacrificio, delante de la imagen. He visto que el humo subía como por un tubo hacia lo alto. En este lugar le alcanzó a Job su primera calamidad. Tenía siempre lucha y dificultades con sus vecinos, que era gente mala. Se trasladó entonces hacia la montaña del Cáucaso, donde recomenzó su trabajo, que prosperó de nuevo. En este lugar empezó, tanto él como su gente, a usar más vestidos: vivían con más perfección la vida familiar. De este segundo sitio se encaminó Job una vez, con grande acompañamiento, hacia Egipto, donde reyes pastores extranjeros dominaban una parte del país. Más tarde estos reyes pastores fueron arrojados del país por otro rey o faraón de Egipto. Job tuvo la misión de acompañar a una esposa, para uno de estos reyes al Egipto, ya que era pariente de ese rey. Llevaba muchos regalos consigo y he visto como treinta camellos cargados y muchos criados de compañía. Cuando lo vi en Egipto, Job era un hombre de gran estatura, vigoroso, de agradable rostro amarillo oscuro y de cabellos rubios.

Abraham, en cambio, era de color más claro. Los hombres en Egipto eran de color moreno oscuro. Job no estaba de buena gana en Egipto, y he visto que suspiraba por volver al Oriente, a su patria, situada al Sur, más lejos que la tierra de los Reyes Magos. Yo le oía decir delante de sus servidores que prefería vivir entre animales salvajes antes que vivir en Egipto con estos hombres. Estaba sumamente afligido por la espantosa idolatría que reinaba en el país. Ofrecían sacrificios de criaturas vivas a un espantoso ídolo con cabeza de buey y con las fauces abiertas, poniéndole el niño en los brazos calentados al rojo. El rey pastor, para cuyo hijo Job había traído la esposa a Egipto, quería retenerlo allí, y le señaló a Matarea para su vivienda. Este lugar era muy distinto en su aspecto de lo que fue en tiempos en que la Sagrada Familia se estableció allí. Con todo, he visto que Job vivió en el mismo lugar donde habitaron María, José y el Niño, y que el pozo de María ya le había sido mostrado por Dios en ese lugar. Cuando más tarde María lo descubrió, este pozo estaba sólo cubierto por arriba, pero el interior estaba bien amurallado y conservado. Job usó la piedra del pozo para la ceremonia de su culto a Dios. Job libró su habitación de muchas fieras y animales venenosos, con la oración y los sacrificios. Tuvo visiones de la futura redención de los hombres y aviso de las pruebas que le esperaban. Hablaba con calor contra las abominaciones del culto idolátrico de los egipcios y sus sacrificios, y creo que fueron abolidos en su tiempo.

Al volver por segunda vez a Egipto le sobrevino la segunda calamidad. Cuando después de doce años le sorprendió la tercera desgracia, vivía Job al sur de Jericó, hacia el Oriente. Creo que le fue dada esta región después de la segunda desgracia, porque en todas partes se le quería mucho y se le honraba por su grande justicia, temor de Dios y sabiduría. Comenzó de nuevo a trabajar y a prosperar en una comarca llana. Cerca, en una montaña fructífera, corrían toda clase de animales apreciados, como camellos en estado salvaje, que se cazaban como entre nosotros suele hacerse con los animales de los bosques. En esta altura se acomodó, se hizo rico y poderoso y edificó una población; esta ciudad tenía sus fundamentos de piedras y lo demás eran tiendas de campaña. Aquí, cuando se hallaba en el apogeo de su gloria y grandeza, le sobrevino la tercera prueba que le dejó reducido a la miseria y postrado en su extrema enfermedad. Cuando hubo pasado esta prueba, sanó de su enfermedad, tuvo de nuevo muchos hijos e hijas y creo que murió muy anciano en una época en que se introdujo otro pueblo extraño en sus tierras.

Aunque en el libro de Job están narrados los hechos de otra manera, con todo hay allí muchos discursos verdaderamente de él y creo que yo los podría distinguir unos de otros. En la historia de los siervos, que anuncian, uno tras otro, corriendo y seguidos, hay que notar que las palabras "cuando aún hablaba" significan: cuando aún la gente hablaba y recordaba las anteriores desgracias de Job, ya sobrevenía la segunda y tercera. Que Satán se presentó delante de Dios, con los hijos de Dios, para acusar a Dios, es una manera de decir. Había entonces mucho comercio entre los malos espíritus y los hombres perversos, y aparecían en forma de ángeles. De esta forma fueron agitados los ánimos de los malos vecinos, que murmuraban de Job diciendo que servía a Dios porque estaba en la prosperidad; que así cualquiera, sintiéndose feliz, podía servir y amar a Dios. Entonces quiso Dios mostrar que el dolor y el padecimiento son muchas veces sólo una prueba para el hombre.

Los amigos de que hablan los libros santos significan los dichos y pareceres de los que le eran favorables y la manera de juzgar los hechos de su prueba. Job aguardaba con ansia al Redentor y es parte del tronco de David, ya que se relacionaba con Abraham, por la madre de este patriarca, que era de su descendencia, como fueron los ascendientes de Ana respecto de María Santísima.

La historia de Job y sus conversaciones con Dios fueron escritas por dos de sus fieles servidores, que eran como sus mayordomos, a los cuales les narró él mismo sus vicisitudes y la historia de sus calamidades. Estos dos servidores se llamaban Hay y Uis u Oís. Escribían sobre cortezas de árboles. Esta historia se conservó como cosa santa entre sus descendientes y llegó de generación en generación hasta Abraham. En la escuela de Rebeca se narraba esta historia a los Cananitas, para enseñarles la resignación en las pruebas que Dios manda en esta vida. Así llegó esta historia, por medio de Jacob y José, a los hijos de Israel en Egipto, y Moisés le dio otra redacción para que sirviera de consuelo a los israelitas, durante su esclavitud en Egipto y en su peregrinación a través del desierto. Antes la historia tenía mayor extensión; había muchas cosas en ella que no hubiesen entendido los israelitas, ni les hubiese servido de nada. Más tarde Salomón le dio nueva redacción: dejó fuera muchas cosas y puso mucho de lo suyo a esta historia. De este modo el primitivo escrito se fue convirtiendo en un libro de edificación, lleno de la sabiduría de Job, de Moisés y de Salomón, pero difícilmente se puede extraer del escrito de hoy la verdadera historia de Job. También en los nombres de personas y lugares hubo cambios: se hizo a Job habitante de Idumea para acercarlo más a los pobladores de la tierra de Canaán.

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