El padre de Job, gran conductor
de pueblos, fue hermano de Faleg, hijo de Heber. Poco antes de su tiempo
ocurrió la dispersión de la torre de Babel. Tuvo trece hijos, el más joven de
los cuales fue Job y vivía en la parte Norte del Mar Negro, en una montaña
donde de una parte es cálido y de la otra frío y nevado. Job es un antepasado
de Abraham, cuya madre es bisnieta de Job, casada en la familia de Heber. Job
puede haber alcanzado el tiempo del nacimiento de Abraham. Había vivido en
distintos lugares y sus desgracias las padeció en tres partes. Desde la primera
calamidad había tenido nueve años de tranquilidad; en la segunda, siete años, y
en la tercera, doce años. Las desgracias le pasaron en diversos lugares de su
habitación. En ninguna de sus calamidades había quedado reducido a la última
miseria, de modo que no tuviera ya nada; quedaba reducido a la pobreza en
comparación con su abundancia anterior. Siempre, empero, había podido pagar sus
deudas con lo que le quedaba.
Job no pudo permanecer en la
casa de sus padres; tenía otras inclinaciones. Adoraba al único verdadero Dios,
especialmente en la naturaleza, en las estrellas y en las cambiantes de la luz.
Hablaba siempre de las admirables obras de Dios y tenía un culto de la
Divinidad, puro y simple. Al separarse de su padre se dirigió con los suyos al
Norte del Cáucaso. Aquí encontró una comarca muy miserable y cenagosa. Creo que
hoy vive allí una gente de narices chatas, abultados pómulos y ojos pequeños.
Aquí comenzó a trabajar y todo le prosperaba. Reunía a toda clase de gentes
pobres y desamparadas, que vivían en cuevas y matorrales y no tenían para
alimentarse otra cosa que aves y animales de caza, que comían crudos, hasta que
Job les enseñó a preparar debidamente los alimentos. Les enseñó a cultivar la
tierra. Job y su gente llevaban pocos vestidos y vivían en tiendas de campaña.
Job tenía ya mucho ganado, asnos manchados y otros animales. Le nacieron aquí,
en una vez, tres hijos, y en otra ocasión, tres hijas. No tenía aún ciudad
estable, sino que se trasladaba de una parte a otra de sus posesiones que
alcanzaban una extensión de siete horas de camino. No cultivaban en esta tierra
pantanosa ninguna clase de trigo, sino una gruesa caña que crecía aún en el
agua, que contenía una médula que comían como gacha o asaban al fuego. La carne
la tostaban al principio al sol en cavidades en la tierra, hasta que Job les
enseñó a cocinar. Solían plantar muchas clases de calabazas para su alimento.
Job era indescriptiblemente
bueno, manso y caritativo y ayudaba a las gentes pobres. Era muy puro en sus
costumbres. Tenía trato familiar con Dios, que se le aparecía con cierta
frecuencia en forma de ángel o de hombre sabio, como solían decir las gentes.
Estas apariciones angélicas las veía yo en forma de jóvenes resplandecientes,
sin barba, con largas y blancas vestiduras de muchos pliegues, que caían hasta
los pies de modo que cubrían toda la persona. Estaban ceñidos, y los veía tomar
alimentos y bebidas.
Job era consolado por Dios, por
medio de estas apariciones, en sus calamidades; y estas mismas juzgaban a sus
amigos, a los hijos de sus hermanos y a los parientes. Job no adoraba ningún
ídolo, como lo hacía la gente de los contornos. Sólo se había confeccionado una
imagen del Todopoderoso, según su idea. Era la figura de un Niño, con
resplandores en torno de la cabeza, las manos una sobre otra; en una de ellas
tenía un globo donde se veían dibujadas aguas y una nave. Yo creo que era una
representación del diluvio, del cual hablaba a menudo Job con dos de sus más
fieles amigos, ponderando la sabiduría y la bondad de Dios. La figura era
resplandeciente como el mental. Él solía llevarla consigo a todas partes. Job
ofrecía cereales, quemándolos en sacrificio, delante de la imagen. He visto que
el humo subía como por un tubo hacia lo alto. En este lugar le alcanzó a Job su
primera calamidad. Tenía siempre lucha y dificultades con sus vecinos, que era
gente mala. Se trasladó entonces hacia la montaña del Cáucaso, donde recomenzó
su trabajo, que prosperó de nuevo. En este lugar empezó, tanto él como su
gente, a usar más vestidos: vivían con más perfección la vida familiar. De este
segundo sitio se encaminó Job una vez, con grande acompañamiento, hacia Egipto,
donde reyes pastores extranjeros dominaban una parte del país. Más tarde estos
reyes pastores fueron arrojados del país por otro rey o faraón de Egipto. Job
tuvo la misión de acompañar a una esposa, para uno de estos reyes al Egipto, ya
que era pariente de ese rey. Llevaba muchos regalos consigo y he visto como
treinta camellos cargados y muchos criados de compañía. Cuando lo vi en Egipto,
Job era un hombre de gran estatura, vigoroso, de agradable rostro amarillo
oscuro y de cabellos rubios.
Abraham, en cambio, era de
color más claro. Los hombres en Egipto eran de color moreno oscuro. Job no
estaba de buena gana en Egipto, y he visto que suspiraba por volver al Oriente,
a su patria, situada al Sur, más lejos que la tierra de los Reyes Magos. Yo le
oía decir delante de sus servidores que prefería vivir entre animales salvajes
antes que vivir en Egipto con estos hombres. Estaba sumamente afligido por la
espantosa idolatría que reinaba en el país. Ofrecían sacrificios de criaturas
vivas a un espantoso ídolo con cabeza de buey y con las fauces abiertas,
poniéndole el niño en los brazos calentados al rojo. El rey pastor, para cuyo
hijo Job había traído la esposa a Egipto, quería retenerlo allí, y le señaló a
Matarea para su vivienda. Este lugar era muy distinto en su aspecto de lo que
fue en tiempos en que la Sagrada Familia se estableció allí. Con todo, he visto
que Job vivió en el mismo lugar donde habitaron María, José y el Niño, y que el
pozo de María ya le había sido mostrado por Dios en ese lugar. Cuando más tarde
María lo descubrió, este pozo estaba sólo cubierto por arriba, pero el interior
estaba bien amurallado y conservado. Job usó la piedra del pozo para la
ceremonia de su culto a Dios. Job libró su habitación de muchas fieras y animales
venenosos, con la oración y los sacrificios. Tuvo visiones de la futura
redención de los hombres y aviso de las pruebas que le esperaban. Hablaba con
calor contra las abominaciones del culto idolátrico de los egipcios y sus
sacrificios, y creo que fueron abolidos en su tiempo.
Al volver por segunda vez a
Egipto le sobrevino la segunda calamidad. Cuando después de doce años le
sorprendió la tercera desgracia, vivía Job al sur de Jericó, hacia el Oriente.
Creo que le fue dada esta región después de la segunda desgracia, porque en
todas partes se le quería mucho y se le honraba por su grande justicia, temor
de Dios y sabiduría. Comenzó de nuevo a trabajar y a prosperar en una comarca
llana. Cerca, en una montaña fructífera, corrían toda clase de animales apreciados,
como camellos en estado salvaje, que se cazaban como entre nosotros suele
hacerse con los animales de los bosques. En esta altura se acomodó, se hizo
rico y poderoso y edificó una población; esta ciudad tenía sus fundamentos de
piedras y lo demás eran tiendas de campaña. Aquí, cuando se hallaba en el
apogeo de su gloria y grandeza, le sobrevino la tercera prueba que le dejó
reducido a la miseria y postrado en su extrema enfermedad. Cuando hubo pasado
esta prueba, sanó de su enfermedad, tuvo de nuevo muchos hijos e hijas y creo
que murió muy anciano en una época en que se introdujo otro pueblo extraño en
sus tierras.
Aunque en el libro de Job están
narrados los hechos de otra manera, con todo hay allí muchos discursos
verdaderamente de él y creo que yo los podría distinguir unos de otros. En la
historia de los siervos, que anuncian, uno tras otro, corriendo y seguidos, hay
que notar que las palabras "cuando aún hablaba" significan: cuando
aún la gente hablaba y recordaba las anteriores desgracias de Job, ya
sobrevenía la segunda y tercera. Que Satán se presentó delante de Dios, con los
hijos de Dios, para acusar a Dios, es una manera de decir. Había entonces mucho
comercio entre los malos espíritus y los hombres perversos, y aparecían en
forma de ángeles. De esta forma fueron agitados los ánimos de los malos
vecinos, que murmuraban de Job diciendo que servía a Dios porque estaba en la
prosperidad; que así cualquiera, sintiéndose feliz, podía servir y amar a Dios.
Entonces quiso Dios mostrar que el dolor y el padecimiento son muchas veces
sólo una prueba para el hombre.
Los amigos de que hablan los
libros santos significan los dichos y pareceres de los que le eran favorables y
la manera de juzgar los hechos de su prueba. Job aguardaba con ansia al Redentor
y es parte del tronco de David, ya que se relacionaba con Abraham, por la madre
de este patriarca, que era de su descendencia, como fueron los ascendientes de
Ana respecto de María Santísima.
La historia de Job y sus
conversaciones con Dios fueron escritas por dos de sus fieles servidores, que
eran como sus mayordomos, a los cuales les narró él mismo sus vicisitudes y la
historia de sus calamidades. Estos dos servidores se llamaban Hay y Uis u Oís.
Escribían sobre cortezas de árboles. Esta historia se conservó como cosa santa
entre sus descendientes y llegó de generación en generación hasta Abraham. En
la escuela de Rebeca se narraba esta historia a los Cananitas, para enseñarles
la resignación en las pruebas que Dios manda en esta vida. Así llegó esta
historia, por medio de Jacob y José, a los hijos de Israel en Egipto, y Moisés
le dio otra redacción para que sirviera de consuelo a los israelitas, durante
su esclavitud en Egipto y en su peregrinación a través del desierto. Antes la
historia tenía mayor extensión; había muchas cosas en ella que no hubiesen
entendido los israelitas, ni les hubiese servido de nada. Más tarde Salomón le
dio nueva redacción: dejó fuera muchas cosas y puso mucho de lo suyo a esta
historia. De este modo el primitivo escrito se fue convirtiendo en un libro de
edificación, lleno de la sabiduría de Job, de Moisés y de Salomón, pero
difícilmente se puede extraer del escrito de hoy la verdadera historia de Job.
También en los nombres de personas y lugares hubo cambios: se hizo a Job
habitante de Idumea para acercarlo más a los pobladores de la tierra de Canaán.
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