En
seguida de la caída de los ángeles, vi que los espíritus de los coros luminosos
se humillaron delante de la Divinidad, protestaron sumisión y pidieron quisiera
la Divinidad reparar y llenar los vacíos que se habían producido. Entonces vi
como un movimiento y un obrar en la luz de la Divinidad, que hasta entonces
había quedado inmóvil, y que había esperado, como yo lo sentí en mi interior,
esa petición de los ángeles. Después de esta acción de los ángeles estuve
persuadida que ellos debían permanecer firmes y no podían ya caer. Se me dio a
entender, sin embargo, que era decisión y decreto de Dios, por causa de la caída
de los ángeles, que debía haber lucha y guerra mientras no se llenasen los
coros de los ángeles caídos. Este tiempo se me representó en el espíritu como
muy largo y como imposible. Esta lucha debía producirse en la tierra, y no en
los cielos, donde no debía haber más lucha, ya que la Divinidad lo había
afirmado en su estabilidad.
Después
de la persuasión no pude tener compasión con el diablo, pues supe que él cayó
por la fuerza de su propia mala voluntad. Tampoco puedo tener enojo contra
Adán; siento, en cambio, mucha compasión hacia él, pues pienso que ya estaba
todo previsto.
Inmediatamente
luego de la súplica de los ángeles fieles y después del movimiento en la
Divinidad, apareció un mundo, un globo oscuro al lado del globo de las
tinieblas que se había formado debajo del sol luminoso de la Divinidad; este
globo estaba a la derecha y no lejos del globo anterior.
Entonces
fijé mi atención sobre el globo oscuro que estaba a la derecha de la esfera
tenebrosa, y he visto un movimiento dentro de él, como si creciese por
momentos. Aparecieron puntos luminosos en la masa oscura y la rodearon como
bandas luminosas. Luego se vieron lugares más claros, y apartáronse estas
bandas de tierra de las aguas que la rodeaban. Después vi en los lugares más
claros un movimiento, como algo viviente que rebullía en ellos. Sobre la
superficie de la tierra vi crecer hierbas y aparecer plantas y, en medio de
ellas, seres vivientes que se movían. Me parecía, como era todavía niña, que
las plantas se movían.
Hasta
este momento todo había sido gris y ahora se esclarecía al ver como una salida
de sol. Parecía ese mundo como es la mañana sobre la tierra, que todo despierta
del sueño. Todo lo demás que había visto antes, desapareció de mi vista. El
cielo estaba azul y el sol recorría su camino. Vi una parte del mundo iluminada
por él, y tan brillante y agradable, que pensé: "Esto es el Paraíso".
A
medida que en la tierra oscura se iban cambiando las cosas, yo veía algo que
salía del altísimo círculo de la Divinidad. Me parecía, al ver subir el sol
desde el horizonte, como cuando todo renace al amanecer; era la primera mañana
del mundo. Con todo, no presenciaba esto ningún ser humano. Las cosas
permanecían como si siempre hubiesen estado así. Todo estaba aún en la
inocencia de la primitiva creación. Conforme subía el sol en el horizonte, yo
veía que también las plantas y los árboles crecían elevándose a mayor altura.
Las aguas me parecían más claras y santificadas; los colores más puros y
luminosos; todo era indeciblemente agradable. No hay ninguna comparación ahora
de cómo estaba la creación entonces. Las plantas, las flores y los árboles
tenían otras figuras. Las cosas de ahora son, en su comparación, como
achaparradas y estropeadas; todo está hoy como reseco y agostado.
A
menudo, cuando veo frutas y plantas en nuestro jardín, y luego veo los mismos
(en visión) en los países calurosos del Sur, completamente distintos en tamaño,
hermosura y en sabor, por ejemplo, los duraznos, pienso para mí: '"Lo que
son nuestras frutas en comparación con las frutas de los países del Sur, así
son estas frutas del Sur comparadas con las frutas del Paraíso terrenal".
He visto allí rosas blancas y rojas, y pensé entre mí: "Estas significan
la pasión de Cristo y la Redención". También he visto palmeras y árboles
muy espaciosos que daban sombra como una techumbre. Antes que viera el sol,
todo me parecía más pequeño y reducido; después, más grande, y, finalmente,
grande del todo. Los árboles no estaban muy cerca uno de otro. Veía de cada
planta, al menos de las más grandes, solo un ejemplar, y las veía separadas
cual si pertenecieran a un vivero, plantadas según su clase. Todo lo demás
estaba verde y tan puro, incorrupto y ordenado que ni remotamente se podía
pensar en un ordenamiento humano. Yo pensaba: "¡Cómo está todo tan bello y
ordenado, y no hay aquí hombre alguno! Aún no hay pecado; por eso no hay aquí
nada manchado ni corrupto. Todo es aquí santo y saludable; nada ha sido
remendado o compuesto; todo es limpio, puro e incontaminado".
Las
praderas tenían elevaciones insensibles cubiertas de vegetación y de verdor. En
el medio se veía una fuente, de la cual salían ríos en todas direcciones y
algunos volvían a su origen. En esta agua vi por primera vez movimiento y seres
vivientes. Después vi animales entre las plantas y arbustos; parecía que
despertaran del sueño mirando a través de las hierbas y plantas. Estos animales
no eran ariscos y eran muy diferentes a los actuales. Si los comparo con los
animales de ahora, aquéllos me parecían como hombres. Eran inocentes, puros,
nobles, muy ágiles, llenos de contento y muy mansos. No puedo expresar con
palabras cómo eran entonces estos animales. La mayoría de ellos me eran
desconocidos. No veía allí ninguno igual a los de ahora. He visto elefantes,
ciervos, camellos y especialmente el unicornio, que vi después también en el
arca de Noé; era allí de modo particular manso y cariñoso. Era más corto que el
caballo y tenía la cabeza más redondeada. No he visto entonces ningún mono, ni
insectos, ni tampoco animal alguno repugnante o escuálido. He pensado siempre
que estos animales surgieron después como castigo del pecado. He visto muchos
pájaros y oía sus cantos tan agradables como en una alegre mañana En cambio, no
oía bramido de fieras ni vi aves de rapiña.
El
Paraíso terrenal existe aún; pero le es del todo imposible al hombre el llegar
hasta él. Lo he visto allá arriba en todo su esplendor, separado de la tierra
oblicuamente, como lo está la esfera oscura de los ángeles caídos respecto del
cielo. 1
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