martes, 13 de enero de 2015

XII Noé y sus descendientes.



He visto a Noé como un anciano de infantil aspecto, cubierto de vestidura blanca y larga, trabajando en una huerta de árboles frutales. Podaba los árboles con un cuchillo retorcido, de piedra. Acercase como una nube junto a él y apareció en ella la imagen de un hombre. Noé hincó las rodillas delante de la aparición, y entendí que Dios le dijo que quería destruir a la humanidad, y que Noé debía construir un arca. Noé se puso muy triste por ello y lo he visto pidiendo perdón y misericordia. Noé no empezó de inmediato su trabajo y por dos veces más se le apareció el Señor mandándole empezar la construcción. De no hacerla, sería envuelto él mismo en la destrucción general. Lo vi luego salir del país e irse con su familia hacia la comarca donde más tarde vivió Zoroastro (la estrella brillante). Vivía por entonces en una región más alta, boscosa y más solitaria, con mucha gente que había emigrado con él, en tiendas de campaña. Tenía allí un altar delante del cual ofrecía sacrificios. Noé y su familia no edificaban casas de material, porque creían ya en el anuncio de Dios del diluvio. Los pueblos descreídos de los alrededores, en cambio, tenían caseríos de material, defensas de piedras, gruesas murallas y toda clase de edificaciones para defenderse de las amenazas divinas. Reinaba entonces un espantoso desorden sobre la tierra. Los hombres se habían entregado a todos los desórdenes, aun a los más innaturales. Cada uno robaba lo que podía. Invadían las heredades, casas y campos para destruirlos y talarlos, y robaban mujeres y vírgenes para satisfacer sus viciosas costumbres.

También los descendientes de Noé, a medida que aumentaban y se alejaban de él, se pervertían y causaban muchos disgustos depredando sus heredades y entregándose a los vicios. Los hombres de entonces no eran viciosos por ignorancia, o porque fueran salvajes o poco civilizados; estaban provistos de todo lo necesario, vivían cómodamente y había bienestar general: eran malos por corrupción y por impiedad. Ejercían la más abyecta idolatría: cada uno se fabricaba un ídolo de lo que le parecía y le prestaba adoración. Intentaban, con artes diabólicas, pervertir también a los hijos de Noé.

Mosoc, un hijo de Jafet y nieto de Noé, fue seducido y cayó víctima de la seducción. Mientras trabajaba en el campo, bebió del jugo de una planta y quedó embriagado. No era vino lo que tomaban, sino el jugo de una planta que llevaban consigo en pequeños recipientes, para beber en el trabajo. He visto que también mascaban las hojas y el fruto de esa planta. Mosoc fue así padre de un niño, al cual se le llamó Hom. Cuando nació el niño, pidió Mosoc a su hermano Tubal que se hiciera cargo del niño para ocultar su vergüenza, y Tubal accedió. El niño Hom fue colocado por su madre delante de la tienda de campaña de Tubal, poniéndole al lado un brote de la planta mucosa llamada Hom, con lo cual, según la costumbre, creía asegurarse los derechos a la herencia. Pero el tiempo del diluvio estaba próximo y terminaban así las insidias de estas mujeres. Tubal tomó para sí al niño y lo hizo criar en su casa sin delatar su origen. Así se explica que el niño llegó a entrar también en el arca de Noé. Tubal le dio el nombre de la planta Hom, porque era lo único que encontró junto al niño. El infante no fue nutrido con leche, sino con el jugo de esa planta. Esa planta crece hasta la altura de un hombre; cuando, en cambio, se arrastra, da renuevos con puntas blandas como el espárrago; la parte inferior es más dura. Sirve como alimento y sustitución de la leche. Crece de un tubérculo y sobre tierra se le forma una corona de pocas hojas oscuras. Su tronco se vuelve bastante grueso y su médula se conviene en harina, que sirve cocida o frita, o para extender sobre manjares. Donde crece esta planta se ven extensiones muy grandes. He visto que esta planta entró en el arca de Noé.

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