Sémola
era una hija natural de Faraón, de madre judía y aunque instruida y educada
en la astrología egipcia,
era muy afecta a los hebreos.
Ella fue la que primero descubrió que Moisés no era hijo de Faraón, aunque se educaba en la corte. Aarón después de la muerte de su primera mujer, se unió a una hija de Sémola, para que la amistad y la unión con los israelitas se hiciesen más fuertes y duraderas. Los hijos de
este matrimonio salieron con
los israelitas de Egipto. Aarón tuvo más tarde que separarse de ella para que el sacerdocio fuese de pura sangre hebrea. Esta hija de Sémola se casó nuevamente,
y sus descendientes vivían, en
tiempo de Jesucristo, en Abila, adonde había sido llevaba su momia por su madre. Sémola era muy esclarecida y tenía
gran influencia en la corte de Faraón. Tenía en la frente
como una excrescencia, como he visto en antiguos tiempos en otros hombres dotados de profecía. Se sentía inclinada por
el espíritu de Dios a hacer muchos favores a los hebreos.
Precisamente
en la noche en la cual pasó el ángel exterminador matando a los primogénitos, salió Sémola
cubierta, con Moisés, Aarón y otros tres israelitas
y dirigióse adonde había dos colinas sepulcrales, separadas por un canal y unidas por un puente. El canal se echaba,
entre Menfis y Gosen, en el río Nilo. La entrada al monumento sepulcral estaba debajo del puente, más
profundo que la superficie de las
aguas, y había que bajar por escalones
que arrancaban desde el puente
mismo. Sémola bajó sola con Moisés y escribiendo el nombre de Dios sobre un pergamino, lo echó a las aguas, que se dividieron, dejando patente la entrada del monumento. Golpearon
sobre la piedra que hacía de puerta y se abrió hacia adentro. Entonces llamaron a los demás hombres. Moisés les sujetó las manos con su estola y les hizo jurar que guardarían el secreto. Después
del juramento les soltó las manos y entraron todos en el monumento, donde encendieron luz. Se veían allí muchas otras salas y figuras de muertos. El cuerpo de José y los restos de Asenet yacían en un monumento egipcio, en forma de
toro, hecho de metal, que resplandecía como oro apagado. Levantaron la tapa y Moisés tomó el
misterio del hueco esqueleto de José, lo ocultó en un paño y se
lo pasó a Sémola, que lo llevó, ocultándolo entre las
ropas de su vestido. Los demás huesos fueron amontonados sobre una piedra, y
acomodados en paños para ser llevados
por los hombres. Ahora que tenían los restos
de José y el misterio consigo, podían los hijos de Israel salir de Egipto. Sémola lloraba de
consuelo. El pueblo estaba lleno
de alegría.
Moisés
encerró en la punta de su bastón una reliquia del cuerpo de José. Este bastón terminaba en un níspero con hojas en torno. No era el mismo que arrojó en presencia de Faraón y que se convirtió en una serpiente. Este era hueco por arriba y por abajo, de modo que las partes superior e inferior se podían sacar o acortar a voluntad. Con la parte
inferior, que me pareció de metal, tocó Moisés la roca como si escribiese algo sobre
ella. La roca se abrió al contacto de esa punta y saltó el agua. Donde Moisés tocaba con la punta
de su bastón, en la arena, y
escribía algo, saltaba agua. La parte superior, en forma de níspero, podía sacarse fuera o meterse, y al contacto de esta parte se
dividió el Mar Rojo en dos partes.
Desde
la muerte de José hasta la salida de Egipto pasaron
ciento sesenta años, según nuestro modo de calcular. En Egipto
usaban otro sistema para calcular las semanas y los años. Se me lo ha declarado varias veces, pero no puedo ahora
reproducir esta explicación. Mientras moraron los israelitas en Egipto, tenían sólo tiendas en lugar de templo. Por altar levantaban uno de piedras, derramaban óleos sobre él y ofrecían generalmente trigo entre los vegetales y corderitos entre los animales. Mientras ofrecían el sacrificio, cantaban y rezaban.
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