miércoles, 14 de enero de 2015

Portada e introducción



CLEMENS BRENTANO, BERNARDO E. OVERBERG Y GUILLERMO WESENER

VISIONES Y REVELACIONES
DE LA BEATA
ANA CATALINA EMMERICK

TOMO I

EL ANTIGUO TESTAMENTO

Editorial SURGITE!


ALGUNAS PALABRAS PREVIAS PARA EL LECTOR

Siguiendo el sentir y la prudencia de la Santa Iglesia, reproducimos para los lectores de nuestras publicaciones la colección de manuscritos de Clemens Brentano, Bernardo E. Ovenberg y Guillermo Wesener, sobre las visiones y revelaciones de la Venerable Ana Catalina Emmerick- recopilados y corregidos por el R.P. Fuchs, O.D.B.

La cuestión de penetrar e iluminar los secretos del pasado y del futuro, de escudriñar las señales de los tiempos a la par de los favores que el Cielo derrama sobre Su Iglesia, ha sido una eterna aspiración humana. La literatura mística - tanto como la humana - ha tratado muchas veces temas tan inagotables como estos.

Este anhelo de penetrar tras el velo de la historia es tan grande que sólo el anuncio de conferencias, publicaciones o apariciones basta para congregar multitudes, muchas veces movidas por un espíritu imprudente, llevado por el prurito de novedades y emociones incesantes. Tales son los casos que desde nuestra fundación hemos procurado denunciar, aclarar y cooperar en el discernimiento.

Lo anterior no excluye la autenticidad de las gracias concedidas por medio de Nuestra Señora, de almas privilegiadas o del mismo Jesucristo Nuestro Señor. Y todas estas revelaciones, mensajes y visiones forman un "unum" coherente y sólido donde unos y otros tejen armónicamente un tapiz maravilloso y sobrenatural sobre el que contemplamos los planes de Dios sobre la historia del hombre.

Aunando el espíritu tomista a la visión maravilloso-sobrenatural de las cosas, los luminosos caminos de la prudente espiritualidad ignaciana o las reglas carmelitas de San Juan de la Cruz - por citar a los principales maestros del discernimiento - señalan las rutas a seguir para el católico fiel.

En medio de la confusión de nuestros días, donde proliferan tanto hecho extraño y sospechoso, rodeado de parafernalias y falsos misticismos, es momento oportuno de sentar doctrina y criterio. No basta buscar una conducta escandalosa de un vidente o la obviedad de una herejía manifiesta. El demonio procura siempre multiplicar los sucesos prodigiosos hasta hacer increíble cualquier gracia extraordinaria, levantando ruido, humo y centellas con tal de cegar y aturdir a los fieles respecto a las voces celestiales.

La postura del fiel no ha de ser, en fin, ni de recelo cartesiano ni de excitación fascinada, de escepticismo absoluto ni de credulidad rendida. Por el romanticismo sentimentalista se afirmó implícitamente la visión materialista moderna. Más bien ha de ser de una prudente apertura de alma, de mucha precaución, manteniendo siempre la mesura que otorga la madurez doctrinaria y la vida sacramental auxiliada por la oración.

En cuanto a las apariciones, visiones y revelaciones aprobadas por la Iglesia, confirmadas inequívocamente tras el estudio minucioso que corresponde a cada una de estas manifestaciones, no queda más que la aceptación alegre y confiada de un hijo de la Iglesia que mantiene una santa distancia para con aquellas revelaciones que no pertenecen a la Revelación oficial.

Entregamos, pues, los presentes manuscritos confiados en que el sentido común, alimentado por la ortodoxia en la fe, sirva al espíritu como alimento de formación y perfección. Lo hacemos con el convencimiento de que si el juicio de autoridades espirituales para con estos escritos fue benévola y entusiasta, no encontrando nada contrario a la fe o a las buenas costumbres, ni doctrinas innovadoras o ajenas al modo de sentir común y consuetudinario de la Santa Iglesia, podemos dar lectura con tranquilidad. Y podemos hacerlo aún cuando no pocas afirmaciones contenidas puedan sorprender al lector poco familiarizado con las enseñanzas de los primeros Padres de la Iglesia o de doctores, videntes y otras personas de notable autoridad. Pueden no ser aceptados universalmente pues forman parte de materias discutibles. Pero indiscutiblemente - por fuertes que parezcan - contribuyen en gran manera a elevar el espíritu del lector y corregirle fraternalmente en su vida de fe.

Haciéndonos eco de todos cuantos han querido divulgar obras del tenor del compendio presente, protestamos en conformidad a los Decretos de Su Santidad Urbano VIII, que los editores al dar a personas no canonizadas o beatificadas el calificativo de santas, de virtuosísimas o de muertas con fama de santas, como también en los relatos proféticos que expone y comenta, y en los hechos que con carácter de milagrosos se atribuyen, no pretendemos dar a sus palabras otro alcance que una autoridad puramente humana, sometiéndose en todo esto - como en toda materia del presente libro - a la Autoridad Suprema de la Santa Iglesia, la gran guía humana y maestra insuperable de la ortodoxia del magisterio católico.

La interpretación que hacen los editores de estas visiones y revelaciones - fundados en su autoridad puramente humana - es de material recomendable para el estudio y formación espiritual, y no mediando interpretación auténtica de la Iglesia, se acogen junto a sus lectores a Su permisión de que "unusquisque abundet in sensu suo".

Podríamos extendernos mucho más en la cuestión de la veracidad y procedencia de las diversas profecías, visiones y revelaciones en la historia humana, o de la condición de quienes participan de tales gracias o incluso de las formas de examen y crítica a las mismas. Pero tales materias excederían las proporciones de este espacio y sólo entorpecerían la lectura.

Advertido de lo anterior, dejamos al lector sumergido en las brillantes páginas que con orgullo editorial presentamos para su refrigerio y alimento espiritual.

Los Editores

I. Creación y caída de los ángeles.



Primeramente he visto levantarse delante de mi vista un espacio inmenso lleno de luz y dentro de ese espacio de luz, muy arriba, como un globo resplandeciente cual un sol, y en él sentí que estaba la ciudad de la Trinidad. Yo la llamo, a mí misma, la Armonía, la Concordancia. Y vi salir de allí virtud y poder, de pronto aparecieron debajo del globo resplandeciente coros luminosos, anillos, círculos trabados entre sí, de espíritus maravillosamente esplendorosos, fuertes, de admirable hermosura. Este nuevo mundo de resplandores se levantó y quedó como un sol de luz debajo de aquel otro sol más levantado y primero.

Al principio estos coros de espíritus se movían como impulsados por la fuerza del amor que provenía del sol más elevado.

De pronto he visto una parte de todos estos coros permanecer inmóviles, mirándose a sí mismos, contemplando su propia belleza. Concibieron contento propio; miraron toda belleza en sí mismos; se contemplaron a sí mismos; estaban en sí mismos.

Al principio estaban todos en más altas esferas, moviéndose como fuera de sí mismos. Ahora, una parte de ellos, permanecía quieta, mirándose a sí misma. En el mismo momento he visto a toda esta parte de los espíritus luminosos precipitarse y oscurecerse, y a los demás coros de ángeles arremeter contra ellos y llenar sus claros. Los círculos quedaron entonces más reducidos. No he visto, sin embargo, que estos espíritus buenos saliesen del círculo del cuadro general para perseguirlos. Aquéllos (los rebeldes) que quedaron silenciosos, abismados en sí mismos, se precipitaron; y los que no se habían detenido en sí mismos llenaron los vacíos de los caídos. Todo esto sucedió en un breve momento.

Cuando estos espíritus cayeron he visto aparecer debajo un globo de tinieblas cual si fuese el lugar de su nueva morada, y supe que habían caído allí en forma involuntaria e impaciente. El espacio que ahora los encerraba, allí abajo, era mucho más pequeño del que habían tenido arriba, de modo que me pareció que estaban estrechados y angustiados, y no libres como antes. Desde que siendo niña hube visto esta caída, estaba yo temerosa día y noche de su acción maléfica y siempre pensé que debían ellos dañar mucho a la tierra. Están siempre en torno de ella, bien que ellos no tienen cuerpo. Ellos oscurecerían hasta la luz del sol, y los veríamos siempre como sombras vagando delante de la luz. Esto sería insoportable para nosotros.

II Creación de la Tierra.



En seguida de la caída de los ángeles, vi que los espíritus de los coros luminosos se humillaron delante de la Divinidad, protestaron sumisión y pidieron quisiera la Divinidad reparar y llenar los vacíos que se habían producido. Entonces vi como un movimiento y un obrar en la luz de la Divinidad, que hasta entonces había quedado inmóvil, y que había esperado, como yo lo sentí en mi interior, esa petición de los ángeles. Después de esta acción de los ángeles estuve persuadida que ellos debían permanecer firmes y no podían ya caer. Se me dio a entender, sin embargo, que era decisión y decreto de Dios, por causa de la caída de los ángeles, que debía haber lucha y guerra mientras no se llenasen los coros de los ángeles caídos. Este tiempo se me representó en el espíritu como muy largo y como imposible. Esta lucha debía producirse en la tierra, y no en los cielos, donde no debía haber más lucha, ya que la Divinidad lo había afirmado en su estabilidad.

Después de la persuasión no pude tener compasión con el diablo, pues supe que él cayó por la fuerza de su propia mala voluntad. Tampoco puedo tener enojo contra Adán; siento, en cambio, mucha compasión hacia él, pues pienso que ya estaba todo previsto.

Inmediatamente luego de la súplica de los ángeles fieles y después del movimiento en la Divinidad, apareció un mundo, un globo oscuro al lado del globo de las tinieblas que se había formado debajo del sol luminoso de la Divinidad; este globo estaba a la derecha y no lejos del globo anterior.

Entonces fijé mi atención sobre el globo oscuro que estaba a la derecha de la esfera tenebrosa, y he visto un movimiento dentro de él, como si creciese por momentos. Aparecieron puntos luminosos en la masa oscura y la rodearon como bandas luminosas. Luego se vieron lugares más claros, y apartáronse estas bandas de tierra de las aguas que la rodeaban. Después vi en los lugares más claros un movimiento, como algo viviente que rebullía en ellos. Sobre la superficie de la tierra vi crecer hierbas y aparecer plantas y, en medio de ellas, seres vivientes que se movían. Me parecía, como era todavía niña, que las plantas se movían.

Hasta este momento todo había sido gris y ahora se esclarecía al ver como una salida de sol. Parecía ese mundo como es la mañana sobre la tierra, que todo despierta del sueño. Todo lo demás que había visto antes, desapareció de mi vista. El cielo estaba azul y el sol recorría su camino. Vi una parte del mundo iluminada por él, y tan brillante y agradable, que pensé: "Esto es el Paraíso".

A medida que en la tierra oscura se iban cambiando las cosas, yo veía algo que salía del altísimo círculo de la Divinidad. Me parecía, al ver subir el sol desde el horizonte, como cuando todo renace al amanecer; era la primera mañana del mundo. Con todo, no presenciaba esto ningún ser humano. Las cosas permanecían como si siempre hubiesen estado así. Todo estaba aún en la inocencia de la primitiva creación. Conforme subía el sol en el horizonte, yo veía que también las plantas y los árboles crecían elevándose a mayor altura. Las aguas me parecían más claras y santificadas; los colores más puros y luminosos; todo era indeciblemente agradable. No hay ninguna comparación ahora de cómo estaba la creación entonces. Las plantas, las flores y los árboles tenían otras figuras. Las cosas de ahora son, en su comparación, como achaparradas y estropeadas; todo está hoy como reseco y agostado.

A menudo, cuando veo frutas y plantas en nuestro jardín, y luego veo los mismos (en visión) en los países calurosos del Sur, completamente distintos en tamaño, hermosura y en sabor, por ejemplo, los duraznos, pienso para mí: '"Lo que son nuestras frutas en comparación con las frutas de los países del Sur, así son estas frutas del Sur comparadas con las frutas del Paraíso terrenal". He visto allí rosas blancas y rojas, y pensé entre mí: "Estas significan la pasión de Cristo y la Redención". También he visto palmeras y árboles muy espaciosos que daban sombra como una techumbre. Antes que viera el sol, todo me parecía más pequeño y reducido; después, más grande, y, finalmente, grande del todo. Los árboles no estaban muy cerca uno de otro. Veía de cada planta, al menos de las más grandes, solo un ejemplar, y las veía separadas cual si pertenecieran a un vivero, plantadas según su clase. Todo lo demás estaba verde y tan puro, incorrupto y ordenado que ni remotamente se podía pensar en un ordenamiento humano. Yo pensaba: "¡Cómo está todo tan bello y ordenado, y no hay aquí hombre alguno! Aún no hay pecado; por eso no hay aquí nada manchado ni corrupto. Todo es aquí santo y saludable; nada ha sido remendado o compuesto; todo es limpio, puro e incontaminado".

Las praderas tenían elevaciones insensibles cubiertas de vegetación y de verdor. En el medio se veía una fuente, de la cual salían ríos en todas direcciones y algunos volvían a su origen. En esta agua vi por primera vez movimiento y seres vivientes. Después vi animales entre las plantas y arbustos; parecía que despertaran del sueño mirando a través de las hierbas y plantas. Estos animales no eran ariscos y eran muy diferentes a los actuales. Si los comparo con los animales de ahora, aquéllos me parecían como hombres. Eran inocentes, puros, nobles, muy ágiles, llenos de contento y muy mansos. No puedo expresar con palabras cómo eran entonces estos animales. La mayoría de ellos me eran desconocidos. No veía allí ninguno igual a los de ahora. He visto elefantes, ciervos, camellos y especialmente el unicornio, que vi después también en el arca de Noé; era allí de modo particular manso y cariñoso. Era más corto que el caballo y tenía la cabeza más redondeada. No he visto entonces ningún mono, ni insectos, ni tampoco animal alguno repugnante o escuálido. He pensado siempre que estos animales surgieron después como castigo del pecado. He visto muchos pájaros y oía sus cantos tan agradables como en una alegre mañana En cambio, no oía bramido de fieras ni vi aves de rapiña.

El Paraíso terrenal existe aún; pero le es del todo imposible al hombre el llegar hasta él. Lo he visto allá arriba en todo su esplendor, separado de la tierra oblicuamente, como lo está la esfera oscura de los ángeles caídos respecto del cielo. 1

III Adán y Eva.



He visto que Adán no fue creado en el Paraíso, sino en el lugar que más tarde fue Jerusalén. Lo he visto surgiendo, luminoso y blanco, de una pequeña elevación de tierra amarilla, como saliendo de un molde. El sol brillaba, y yo pensaba, cuando niña, que el sol con su brillo lo hacía brotar de la tierra. Era como nacido de la tierra, entonces virgen. Dios bendijo esta tierra y ella fue como su madre. Él no salió de repente de la tierra; tardó algún tiempo en aparecer. Estaba recostado sobre su parte izquierda, con el brazo sobre la cabeza, y parecía velado de una niebla fluorescente. Yo veía una figura en su costado derecho y estaba persuadida de que era Eva, la cual fue más tarde sacada de Adán en el Paraíso por obra de Dios. Dios llamó a Adán y fue entonces como si la colina se abría y Adán surgía poco a poco del seno de ella. No había árboles en torno, sino sólo pequeñas plantas floridas. He visto también que los animales salían uno a uno de la tierra y que se separaban luego las hembras. He visto que Adán fue llevado muy lejos de allí, a un jardín colocado en alto, el Paraíso terrenal. Dios hizo desfilar a los animales ante él. Adán los nombraba y ellos le seguían y le hacían fiestas. Toda la creación servía a Adán antes del pecado. He visto a Adán en el Paraíso, no lejos de la fuente en medio del jardín, levantándose como del sueño, entre flores y arbustos. Su cuerpo era de una blancura tenuemente luminosa. Con todo su cuerpo tenía más de carne que de ser puramente espiritual. No se maravillaba de nada de lo que le rodeaba; paseaba entre los árboles y entre los animales como si estuviera acostumbrado, como quien visita sus campos y sus posesiones.

He visto a Adán descansando, con la mano izquierda apoyada en la mejilla, en aquella colinita junto a las aguas. Dios envió sueño sobre él. Adán estaba sumido en visiones. Entonces sacó del costado derecho de Adán a Eva, precisamente del lado donde fue abierto el pecho de Jesús por la lanza. He visto a Eva, al principio, pequeña y delicada; pronto creció hasta que la vi grande y hermosa. Si no hubiera habido pecado todos los hombres hubieran sido formados y hubieran nacido en un sueño tranquilo.2  La colina se dividió en dos partes, vi del lado de Adán una roca como de cristal y piedras preciosas. Del lado de Eva se formó un vallecito cubierto de blanco y fino polvo fructífero. Cuando Eva fue creada, yo he visto que Dios le dio algo a Adán o le inspiró algo. Me pareció que salían de Dios, en forma humana, de la frente, de la boca, del pecho y de las manos, rayos de luz que se unían en un haz de resplandores, que entró en el lado derecho de Adán de donde había sido sacada Eva. He visto que sólo Adán recibió este torrente de luz. Era el germen de la bendición de Dios. En esta bendición había como una trinidad. La bendición que recibió más tarde Abraham por el ángel era algo parecido, pero no tan luminoso como lo recibido por Adán.

Eva estaba de pie, delante de Adán, y éste le dio la mano. Eran como dos niños inocentes, maravillosamente hermosos y nobles. Eran luminosos, cubiertos de luz como si fuera un vestido fluorescente. En la boca de Adán yo veía un ancho haz de luz y sobre su frente como una faz severa. Alrededor de su boca había un sol de rayos. En la de Eva no había tal resplandor. El corazón lo vi como al presente lo tienen los hombres; pero el pecho estaba rodeado de rayos de luz, y en medio del corazón vi una gloria luminosa, y adentro, una pequeña imagen con algo en la mano. Yo creo que era una representación de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. También de sus pies y manos salían rayos de luz. Sus cabellos caían en cinco luminosos haces: dos desde las sienes, dos detrás de las orejas y uno detrás de la cabeza. He tenido siempre la persuasión de que por las llagas de Jesús se abrieron puertas del cuerpo mortal que habían sido cerradas por el pecado, y que Longino, al abrir el pecho de Jesús, abrió asimismo las puertas del renacimiento a la vida eterna. Por esto nadie pudo tener entrada en el cielo antes que estas puertas fueran abiertas. Los haces luminosos de la cabeza de Adán, los he visto como una superabundancia, como una gloria en relación con otros resplandores. Esta gloria vuelve de nuevo sobre los cuerpos glorificados de los bienaventurados. Nuestros cabellos son restos de la caída y perdida gloria, y como están nuestros cabellos ahora en comparación con los rayos de luz, así es nuestra carne comparada con el cuerpo de Adán anterior a la caída. El sol de luz sobre la boca de Adán tenía relación con la bendición de una santa descendencia por Dios, la cual, sin la culpa original, se hubiese efectuado por medio de la palabra. Adán dio la mano a Eva, y caminaron desde el lugar donde la mujer había sido creada, a través del Paraíso, examinándolo todo y gozando de la creación. Este lugar era el más elevado del Paraíso terrenal: todo era resplandor y luz y más ameno que los demás lugares del mismo Paraíso.