viernes, 9 de enero de 2015

XXX El patriarca Abraham.



Abraham y sus descendientes eran de una raza de hombres de gran estatura. Llevaban vida pastoril y no eran, en realidad, de Ur, en Caldea, sino que habían emigrado hasta ese lugar. En aquellos tiempos la gente tenía un modo particular de apropiarse de las tierras, mezcla de justicia y de poder. Llegaban a una comarca desocupada donde había buenos pastos, marcaban los límites de sus posesiones, levantaban piedras en forma de altar y de este modo el terreno designado venía a ser su propiedad. En su juventud le pasó a Abraham algo semejante a lo que le pasó al niño Moisés: su nodriza le salvó la vida. Le había sido predicho al jefe de la tribu que tendría un descendiente que sería un niño maravilloso, el cual, con el andar del tiempo, vendría a ser peligroso para él. El jefe tomó medidas de precaución. La madre de Abraham se mantuvo oculta, y el niño nació en la misma gruta donde había visto que Eva tuvo que ocultar a Set de la ira de los perseguidores.

Abraham fue criado aquí secretamente por su nodriza Maraha. Esta mujer vivía como sierva pobre en el desierto y tenía su habitación no lejos de la cueva que después, por ella, se llamó gruta de la leche, y donde, a su pedido, fue enterrada por Abraham. Abraham era de alta estatura. Sus parientes lo admitieron con los demás, porque les pareció que ya debía haber nacido antes de la profecía recibida. Estuvo, sin embargo, en peligro por su extraordinaria prudencia, que lo distinguía demasiado de los demás. La nodriza lo salvó nuevamente y lo ocultó largo tiempo en la cueva. He visto que en esta ocasión se mataron a muchos niños de su edad. Abraham estuvo siempre muy agradecido a esta nodriza y la llevaba consigo en sus viajes sobre un camello. Vivió Abraham con ella en Sukot. Murió a los cien años, y Abraham le preparó la sepultura en un bloque de piedra blanca que, como una colinita, estrechaba la misma cueva. Esta gruta se convirtió en un lugar de peregrinación y de devoción, especialmente para las madres.

En toda esta historia hay un misterio y preanuncio de la persecución que sufrirían María con el niño Jesús, ya que la Virgen escondió al Niño Jesús precisamente en esta cueva, cuando se acercaban los soldados de Herodes que buscaban al Niño para matarlo. El padre de Abraham sabía muchas artes secretas y poseía muchos dones. La gente de su estirpe tenía el don de conocer y descubrir donde había oro en la tierra, y él hacía de oro algunos ídolos semejantes a aquellos que Raquel había sustraído a Laban. Ur es la población que está al Norte de Caldea. He visto en esta comarca, en muchos lugares de la llanura y en la montaña, salir un fuego blanquizco, como si ardiese la tierra. No sé si este fuego era natural o lo hacían los hombres.

Abraham era gran conocedor de las estrellas: veía las propiedades de las cosas y la influencia de los astros sobre los nacimientos. Veía muchas cosas por las estrellas; pero lo refería todo a Dios, seguía a Dios en todo y le servía a Él solo. Enseñaba también a otros esta ciencia en la Caldea; pero vinculaba toda esta ciencia a Dios. Vi que recibió de Dios en una visión la orden de salir de su país. Dios le mostró otro país; y Abraham, sin decir nada a nadie, dispuso a toda su gente a la mañana siguiente y partió. Después vi que tenía su tienda levantada en una región de la tierra prometida, que me pareció era donde estuvo más tarde Nazaret. Abraham levantó aquí un altar extenso de piedras, con techo. Mientras estaba hincado delante del altar, llegó un resplandor sobre él y apareció un ángel, mensajero de Dios, que le entregó un don muy resplandeciente. El ángel habló con Abraham y éste recibió el sacramento o misterio de la bendición, el misterio santo del cielo. Abrió su vestido y lo guardó en su pecho. Me fue dicho que ello era el Sacramento del Antiguo Testamento. Abraham no conocía aún su contenido; le era desconocido, como a nosotros nos está oculto el Sacramento de la Eucaristía. Le fue dado, empero, como misterio y prenda de una descendencia prometida y santificada. El ángel que se le apareció era semejante al que se le apareció a la Virgen María anunciándole la concepción inmaculada del Mesías. Este ángel era manso, quieto en sus modales y no tan veloz ni acelerado como veo a otros ángeles cuando dan sus comunicados.

Pienso que Abraham llevaba siempre consigo este misterio sagrado. El ángel habló con Abraham de Melquisedec, que celebraría delante de él un sacrificio, que debía ser completado después de la venida del Mesías y durar eternamente. Abraham tomó luego cinco grandes huesos de una caja y los puso sobre su altar en forma de cruz. Encendió luz delante y ofreció un sacrificio. El fuego brillaba como una estrella; en el medio era blanco y en las puntas, rojo.

Más tarde vi a Abraham en Egipto con Sara. Había emigrado por necesidad de sustento; pero también para rescatar un tesoro que, por medio de una parienta de Sara, había sido llevado allí. Esto le había sido revelado y mandado por Dios. El tesoro era un registro de la descendencia de los hijos de Noé, especialmente desde Set hasta ese tiempo. El registro estaba hecho de trozos de oro, en forma de triángulos enhebrados. Una hija de una hermana de la madre de Sara lo había sustraído y llevado a Egipto. Esta había venido a Egipto con los pueblos pastoriles de la raza lateral, algo decaída de la civilización, del patriarca Job. Allí había servido como sirvienta. Había sustraído el tesoro de igual modo que Raquel sustrajo los ídolos de Labán. Este árbol genealógico estaba hecho a manera de platillo de balanza junto con hilos o cordones, formados de trozos triangulares enlazados con otras líneas laterales. Sobre estos trozos de oro estaban grabados, con figuras y letras, los nombres de los patriarcas, desde Noé, especialmente desde Sem, hasta esa fecha. Cuando se soltaban estos cordones, todo el artificio quedaba encerrado en el platillo. Se me ha dicho cuántos siclos valía este tesoro; pero lo he olvidado. Este árbol genealógico había ido a parar a manos de los sacerdotes de Egipto y del Faraón, los cuales por medio de él habían tratado de contar y fijar sus genealogías; pero todo lo hacían falsamente. Cuando más tarde el Faraón fue afligido con graves plagas y desgracias, se aconsejó con sus sacerdotes idólatras y entregó a Abraham cuanto éste le había pedido.

Cuando Abraham volvió a la tierra prometida, he visto a Lot, con él, en la tienda y a Abraham señalando con la mano toda la extensión. Abraham tenía mucha semejanza en su proceder con los Reyes Magos: vestidura blanca y larga, de lana, con mangas; por delante, colgábale un cinturón también blanco, con borlas, y por detrás, una capucha. Sobre la cabeza llevaba una especie de gorra y en el pecho ostentaba un escudo de metal o piedra preciosa en forma de corazón. Llevaba barba larga. Me es imposible expresar cuán bondadoso y generoso era. Cuando tenía algo que a otros les agradaba poseer, especialmente animales, lo daba de inmediato. Era adversario de las enemistades, la envidia y la codicia.

Lot estaba vestido como Abraham; pero no era de tan elegante ni de su estatura ni de tan noble porte. Era bueno, aunque algo codicioso. He visto como sus criados discutían y reñían, y cómo se apartó de Abraham; pero he visto oscuridad y niebla en torno de él. Sobre Abraham yo veía resplandor. Vi que se alejó de allí, peregrinando, y levantó un altar de piedras, debajo de un pabellón. Los hombres eran bastante industriosos para hacer figuras de las piedras y trabajaban en ello tanto el patrón como el siervo. Este altar estaba en Hebrón, que fue más tarde lugar de la vivienda de Zacarías, padre del Bautista. La comarca elegida por Lot era muy buena, como todos los campos en torno del Jordán. He visto luego que fueron saqueadas las ciudades donde vivía Lot y él mismo llevado de allí con todo lo que poseía. He visto que un fugitivo logró narrar el hecho a Abraham. Este rezó y salió con todos sus siervos en persecución de los asaltantes, los sorprendió y libró a su hermano Lot. Este le dio las gracias y mostraba pesar de haberse apartado de Abraham. Los jefes y guerreros enemigos, especialmente los gigantes que asaltaban y subyugaban con prepotencia, y que fueron esta vez vencidos, no vestían como Abraham y su gente. Llevaban vestidos más angostos y más cortos; su vestimenta tenía más pliegues, con muchos botones y adornos de estrellas y alhajas.

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