Abraham
y sus descendientes eran de una raza de hombres de gran estatura. Llevaban vida
pastoril y no eran, en realidad, de Ur, en Caldea, sino que habían emigrado
hasta ese lugar. En aquellos tiempos la gente tenía un modo particular de
apropiarse de las tierras, mezcla de justicia y de poder. Llegaban a una
comarca desocupada donde había buenos pastos, marcaban los límites de sus
posesiones, levantaban piedras en forma de altar y de este modo el terreno
designado venía a ser su propiedad. En su juventud le pasó a Abraham algo
semejante a lo que le pasó al niño Moisés: su nodriza le salvó la vida. Le
había sido predicho al jefe de la tribu que tendría un descendiente que sería
un niño maravilloso, el cual, con el andar del tiempo, vendría a ser peligroso
para él. El jefe tomó medidas de precaución. La madre de Abraham se mantuvo
oculta, y el niño nació en la misma gruta donde había visto que Eva tuvo que
ocultar a Set de la ira de los perseguidores.
Abraham
fue criado aquí secretamente por su nodriza Maraha. Esta mujer vivía como
sierva pobre en el desierto y tenía su habitación no lejos de la cueva que
después, por ella, se llamó gruta de la leche, y donde, a su pedido, fue
enterrada por Abraham. Abraham era de alta estatura. Sus parientes lo admitieron
con los demás, porque les pareció que ya debía haber nacido antes de la
profecía recibida. Estuvo, sin embargo, en peligro por su extraordinaria
prudencia, que lo distinguía demasiado de los demás. La nodriza lo salvó
nuevamente y lo ocultó largo tiempo en la cueva. He visto que en esta ocasión
se mataron a muchos niños de su edad. Abraham estuvo siempre muy agradecido a
esta nodriza y la llevaba consigo en sus viajes sobre un camello. Vivió Abraham
con ella en Sukot. Murió a los cien años, y Abraham le preparó la sepultura en
un bloque de piedra blanca que, como una colinita, estrechaba la misma cueva.
Esta gruta se convirtió en un lugar de peregrinación y de devoción,
especialmente para las madres.
En
toda esta historia hay un misterio y preanuncio de la persecución que sufrirían
María con el niño Jesús, ya que la Virgen escondió al Niño Jesús precisamente
en esta cueva, cuando se acercaban los soldados de Herodes que buscaban al Niño
para matarlo. El padre de Abraham sabía muchas artes secretas y poseía muchos
dones. La gente de su estirpe tenía el don de conocer y descubrir donde había
oro en la tierra, y él hacía de oro algunos ídolos semejantes a aquellos que
Raquel había sustraído a Laban. Ur es la población que está al Norte de Caldea.
He visto en esta comarca, en muchos lugares de la llanura y en la montaña,
salir un fuego blanquizco, como si ardiese la tierra. No sé si este fuego era
natural o lo hacían los hombres.
Abraham
era gran conocedor de las estrellas: veía las propiedades de las cosas y la
influencia de los astros sobre los nacimientos. Veía muchas cosas por las
estrellas; pero lo refería todo a Dios, seguía a Dios en todo y le servía a Él
solo. Enseñaba también a otros esta ciencia en la Caldea; pero vinculaba toda
esta ciencia a Dios. Vi que recibió de Dios en una visión la orden de salir de
su país. Dios le mostró otro país; y Abraham, sin decir nada a nadie, dispuso a
toda su gente a la mañana siguiente y partió. Después vi que tenía su tienda
levantada en una región de la tierra prometida, que me pareció era donde estuvo
más tarde Nazaret. Abraham levantó aquí un altar extenso de piedras, con techo.
Mientras estaba hincado delante del altar, llegó un resplandor sobre él y
apareció un ángel, mensajero de Dios, que le entregó un don muy
resplandeciente. El ángel habló con Abraham y éste recibió el sacramento o
misterio de la bendición, el misterio santo del cielo. Abrió su vestido y lo
guardó en su pecho. Me fue dicho que ello era el Sacramento del Antiguo
Testamento. Abraham no conocía aún su contenido; le era desconocido, como a
nosotros nos está oculto el Sacramento de la Eucaristía. Le fue dado, empero,
como misterio y prenda de una descendencia prometida y santificada. El ángel
que se le apareció era semejante al que se le apareció a la Virgen María
anunciándole la concepción inmaculada del Mesías. Este ángel era manso, quieto
en sus modales y no tan veloz ni acelerado como veo a otros ángeles cuando dan
sus comunicados.
Pienso
que Abraham llevaba siempre consigo este misterio sagrado. El ángel habló con
Abraham de Melquisedec, que celebraría delante de él un sacrificio, que debía
ser completado después de la venida del Mesías y durar eternamente. Abraham
tomó luego cinco grandes huesos de una caja y los puso sobre su altar en forma de
cruz. Encendió luz delante y ofreció un sacrificio. El fuego brillaba como una
estrella; en el medio era blanco y en las puntas, rojo.
Más
tarde vi a Abraham en Egipto con Sara. Había emigrado por necesidad de
sustento; pero también para rescatar un tesoro que, por medio de una parienta
de Sara, había sido llevado allí. Esto le había sido revelado y mandado por
Dios. El tesoro era un registro de la descendencia de los hijos de Noé,
especialmente desde Set hasta ese tiempo. El registro estaba hecho de trozos de
oro, en forma de triángulos enhebrados. Una hija de una hermana de la madre de
Sara lo había sustraído y llevado a Egipto. Esta había venido a Egipto con los
pueblos pastoriles de la raza lateral, algo decaída de la civilización, del patriarca
Job. Allí había servido como sirvienta. Había sustraído el tesoro de igual modo
que Raquel sustrajo los ídolos de Labán. Este árbol genealógico estaba hecho a
manera de platillo de balanza junto con hilos o cordones, formados de trozos
triangulares enlazados con otras líneas laterales. Sobre estos trozos de oro
estaban grabados, con figuras y letras, los nombres de los patriarcas, desde
Noé, especialmente desde Sem, hasta esa fecha. Cuando se soltaban estos
cordones, todo el artificio quedaba encerrado en el platillo. Se me ha dicho
cuántos siclos valía este tesoro; pero lo he olvidado. Este árbol genealógico
había ido a parar a manos de los sacerdotes de Egipto y del Faraón, los cuales
por medio de él habían tratado de contar y fijar sus genealogías; pero todo lo
hacían falsamente. Cuando más tarde el Faraón fue afligido con graves plagas y
desgracias, se aconsejó con sus sacerdotes idólatras y entregó a Abraham cuanto
éste le había pedido.
Cuando
Abraham volvió a la tierra prometida, he visto a Lot, con él, en la tienda y a
Abraham señalando con la mano toda la extensión. Abraham tenía mucha semejanza
en su proceder con los Reyes Magos: vestidura blanca y larga, de lana, con
mangas; por delante, colgábale un cinturón también blanco, con borlas, y por
detrás, una capucha. Sobre la cabeza llevaba una especie de gorra y en el pecho
ostentaba un escudo de metal o piedra preciosa en forma de corazón. Llevaba
barba larga. Me es imposible expresar cuán bondadoso y generoso era. Cuando
tenía algo que a otros les agradaba poseer, especialmente animales, lo daba de
inmediato. Era adversario de las enemistades, la envidia y la codicia.
Lot
estaba vestido como Abraham; pero no era de tan elegante ni de su estatura ni
de tan noble porte. Era bueno, aunque algo codicioso. He visto como sus criados
discutían y reñían, y cómo se apartó de Abraham; pero he visto oscuridad y
niebla en torno de él. Sobre Abraham yo veía resplandor. Vi que se alejó de
allí, peregrinando, y levantó un altar de piedras, debajo de un pabellón. Los
hombres eran bastante industriosos para hacer figuras de las piedras y
trabajaban en ello tanto el patrón como el siervo. Este altar estaba en Hebrón,
que fue más tarde lugar de la vivienda de Zacarías, padre del Bautista. La
comarca elegida por Lot era muy buena, como todos los campos en torno del
Jordán. He visto luego que fueron saqueadas las ciudades donde vivía Lot y él
mismo llevado de allí con todo lo que poseía. He visto que un fugitivo logró
narrar el hecho a Abraham. Este rezó y salió con todos sus siervos en
persecución de los asaltantes, los sorprendió y libró a su hermano Lot. Este le
dio las gracias y mostraba pesar de haberse apartado de Abraham. Los jefes y
guerreros enemigos, especialmente los gigantes que asaltaban y subyugaban con
prepotencia, y que fueron esta vez vencidos, no vestían como Abraham y su
gente. Llevaban vestidos más angostos y más cortos; su vestimenta tenía más pliegues,
con muchos botones y adornos de estrellas y alhajas.
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