jueves, 8 de enero de 2015

XXXVI Historia de José



Cuando José fue vendido en Egipto tenía dieciséis años de edad. Era de regular estatura, esbelto, flexible, animoso de alma y cuerpo. Era muy diferente de sus hermanos. Todos se sentían inclinados a amarle. Si su padre no le hubiese dispensado tanta preferencia, sus hermanos le hubiesen amado.
Rubén era más noble que los demás; Benjamín era, en cambio, un joven grande, tosco, pero bondadoso y dócil de carácter.

José llevaba los cabellos partidos en tres partes, dos de cada lado y la tercera parte rizada y a lo largo del cuerpo. Cuando fue virrey de Egipto, lo llevó corto; más tarde, de nuevo largo. Con la túnica polímita dio Jacob a José también algunos huesos de Adán, sin que José supiese lo que eran. Jacob se los dio con objeto de protección, pues sabía que sus hermanos le envidiaban.

José tenía estos huesos de Adán encerrados en una bolsita de cuero redondeada, que colgaba en su pecho. Cuando sus hermanos lo vendieron, le despojaron sólo de su túnica de color y de su acostumbrado vestido; pero José llevaba aún sobre su cuerpo una faja y una especie de escapulario sobre su pecho, debajo del cual estaba la bolsita de las reliquias. Esa túnica polímita era blanca con rayas coloradas y tenía sobre el pecho tres cordones negros con adornos amarillos en el centro. Esta túnica estaba ceñida más ampliamente arriba para poder llevar objetos dentro; abajo era más angosta y a los lados tenía aberturas para poder caminar con soltura. Le llegaba muy abajo; por detrás era algo más pendiente y por delante estaba abierta. En cambio, su vestido ordinario le llegaba sólo más debajo de las rodillas. 

José era ya conocido del Faraón y su mujer cuando éste cumplía tan bien sus oficios con el Faraón, cuando estaba José en su casa, que Faraón deseó mucho ver a este siervo. La mujer del Faraón estaba ansiosa de conseguir salud y ayuda de los dioses, y era muy apegada a los ídolos, y aun deseaba conocer nuevas divinidades. Así se maravillaba mucho de la sabiduría, viveza y nobleza del joven extranjero, de tal modo que en su interior lo tenía por un dios y decía al Faraón: “Este hombre ha sido mandado por los dioses: no es un hombre como los demás”. Lo pusieron en la parte más decente de los encarcelados y llegó a ser superintendente de los demás presos. La mujer del Faraón lloraba y se lamentaba mucho de que hubiese sido puesto en la cárcel como un malvado y creía que se había equivocado en su concepto anterior. Cuando fue sacado de la cárcel y llegó a la corte, le fue siempre muy adicta. La copa que más tarde mandó poner en la bolsa de Benjamín, fue el primer regalo de la mujer del Faraón. Conozco bien esta copa: tiene dos asas y no tiene pie. Estaba formada de una piedra preciosa o de una materia transparente, que me es desconocida, y tenía forma muy semejante a la parte superior del cáliz de la última Cena. Se halló entre los recipientes que los hijos de Israel llevaron de Egipto y más tarde fue guardada en el Arca de la Alianza. José estuvo siete años en la cárcel, y estando allí mismo en la más grande aflicción, recibió el misterioso germen de Jacob, como los patriarcas lo habían recibido y tuvo allí una visión de su numerosa descendencia.

Conozco bien a la mujer de Putifar, y sé cómo lo quiso seducir. Después de la elevación de José, hizo penitencia de su falta y vivió castamente. Era una mujer de elevada estatura, fuerte, de color amarillo oscuro, como seda brillante. Llevaba un vestido de colores y encima otro adamado de finas figuras, debajo del cual el vestido interior sobresalía con puntillas. José trataba mucho con ella porque Putifar le había entregado el gobierno de todas las cosas. Cuando José notó que ella le trataba con demasiada confianza no quiso más dormir en la casa de su patrón si él no estaba presente. Ella le visitaba con frecuencia cuando trabajaba o escribía. La he visto una vez presentarse muy desvestida mientras estaba José en un ángulo de la sala, escribiendo y anotando. Escribían entonces en rollos que apoyaban sobre tablas sobresalientes de las paredes, delante de las cuales podían estar de pie o sentados. Ella le habló y José contestó; pero ella estaba muy atrevida esa vez. Entonces se dio vuelta José y se marchó de allí. Ella se aferró de su manto y él lo dejó abandonado.

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