He visto siempre
a Melquisedec como ángel sacerdotal
y figura de Jesús, sacerdote de la tierra. En cuanto el sacerdocio está en Dios, Melquisedec era sacerdote según el orden eterno. He visto que fue enviado a la tierra para preparar, fundar, edificar y apartar las razas de los hombres y establecerlas sobre la tierra.
He
visto las obras de Henoch y de Noé y su importancia para mantener
a los hombres en el bien; pero he visto también, al lado de esto, la acción incesante del poder de las tinieblas y del infierno con las mil formas y manifestaciones de una idolatría terrena, carnal y diabóljca, y de esta idolatría nacer y reproducirse una serie interminable de otros pecados y corrupciones
de parecida forma y manera, como por fuerza y necesidad interna de las cosas.
He visto los
pecados y las derivaciones y figuras de estas
reproducciones, las cuales, según su especie, eran de las mismas formas que sus causantes, como en un principio el hombre fue imagen de Dios. Así me fue mostrado todo esto desde Abraham hasta
Moisés, y desde Moisés hasta los profetas, siempre en
relación y en imágenes de cosas que llegaban hasta nuestros días. Aquí se me mostró,
por ejemplo, por qué los sacerdotes de ahora ya no sanan ni ayudan en las enfermedades, y se me enseñó por qué no lo consiguen o lo consiguen en
muy diverso grado. Se me mostró este don
del sacerdocio entre los
profetas y la causa de su fonna de obrar.
He
visto, por ejemplo, en la historia de Elíseo cuando dio
su bastón a Giezi para que lo pusiese sobre el niño muerto de la mujer de
Sunam. En el bastón estaba la fuerza de Elíseo y encerrado en él la fuerza de una misión espiritual. El bastón era como un brazo a la distancia. Con ocasión de esta historia he visto la interna razón de la fuerza del báculo de los obispos,
del cetro de los reyes y su poder, mientras que lo sostenga la virtud de la fe que lo ata con el enviado y lo separa de los demás que no son tales. En el caso de Giezi he visto
que él no tenía fe suficiente y la madre del niño creía que solamente Eliseo lo podía resucitar. De este modo se interpuso entre la figura de Eliseo (que era de Dios) y el bastón del profeta, la duda; por causa del humano modo de ver y sentir, y el bastón de Elíseo no
pudo obrar por interposición de este impedimento humano. Luego he visto
a Eliseo echarse sobre el muerto,
mano con mano, boca con boca y pecho con pecho, en fervorosa oración, hasta que volvió el alma al cuerpo del niño difunto.
Se
me mostró en esta ocasión la semejanza de esta obra y su relación con la muerte de Jesús en la cruz. En el caso de Eliseo se abrieron por la fe y el poder de Dios las fuentes de la gracia y de la reparación del hombre, encerradas por la culpa y el pecado: cabeza, pecho, manos y pies. Eliseo se echó como una cruz viviente y figurativa sobre la
cruz muerta y cerrada del niño muerto, y mediante su oración y su fe trajo la vida y la salud al niño, y reparó y pagó por los pecados que los padres habían cometido con cabeza, manos, pies y corazón, ocasionando
la muerte del niño.
He visto
en todo esto una imagen de la muerte de Jesús en la cruz y sus heridas
y llagas, y como en todo esto
hay una admirable e inexplicable armonía. Desde la muerte de Jesús en la cruz he visto en el sacerdocio de la Iglesia
este poder de reparar y de sanar en toda plenitud, especialmente
en los cristianos verdaderamente creyentes. En el grado en que vivimos en Jesús y con Él estamos crucificados, se abren
en nosotros lao; pue1t as de sus sagradas llagas con toda su eficacia. He visto muchas cosas acerca de la
eficacia de poner las manos sobre la cabeza y acerca de la fuerza de la bendición y de la virtud de la mano a distancia, y me fue declarado y mostrado todo esto con motivo
y con relación del bastón de Elíseo, que era el representante de su mano
milagrosa.
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